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MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 23

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22    Durante semanas evité presentarme en la tienda de Antonio, él sin embargo no desistió en llamarme a todas horas, incluso con números de teléfono que no eran el suyo, en cuanto escuchaba su voz yo cortaba la comunicación. Solicitó mi indulgencia de todas las formas posibles, ofreciéndome sólo amistad que era lo único que podía proporcionarme desde el principio. Pero en verdad, durante la madrugada del día de Navidad ocurrieron varios acontecimientos que me costarían olvidar de Antonio: el primero fue no tener la valentía para poner remedio a las constantes burlas de sus primos; el segundo fue la utilización irresponsable y vehemente de drogas; y el tercero, y sin duda el más importante, el de la consumación de un acto sexual, que en su momento interpreté que rayaba lo inadmisible y que con el tiempo he considerado con certitud de que se trató de una violación. Era algo que jamás repetiría con él, me producía náuseas la sola idea de imaginarme su cuerpo sobre el mío. Según

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 18

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17    Me parecía verdaderamente un misterio descubrir qué tipo de virtudes pudo encontrar Marisa en mi padre, tan huraño, hermético, maniático y, mayormente, tan rudo; ¡qué contraste con ella!, excelente conversadora, con una escucha activa en la que jamás interrumpía, prudente en sus opiniones… Aunaba perspicacia y modestia como nadie, polifacética en cuanto al arte —en este aspecto sí comulgaban—, pintaba de maravilla exhibiendo algunos de sus cuadros en las viejas paredes de nuestro hogar, también se arrancaba a cantar con su espléndida voz mientras arpegiaba la guitarra siguiéndome a mí o a mi progenitor frente al piano.    Dudo de que mi padre contase a Marisa que había sido capaz de matar a un ser humano, como una vez confesó a sus amigos, o incluso de amputar media mano a un delincuente con un hachazo, así como de haber atacado a su propio perro, a mi malogrado Yako . A veces yo pensaba que él, con sus acciones, se acercaba a la imagen que todos asumimos de un crimin

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 11

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10    Con la sorprendente noticia de que iba a contraer matrimonio me llamó mi tía Laura una noche de invierno. Cierto sentimiento de desamparo me invadió al conocer el anuncio, si bien, me congratulaba por el rumbo ilusionante que había adquirido su vida. En verdad se casó mucho más tarde de cuando realizó dicha llamada, unos cuantos años después, la enfermedad de mi abuela había obstaculizado sus visitas anteriores y sus planes futuros, podría decirse que en los últimos años apenas si llegamos a coincidir en unas cuantas ocasiones. Por ello, me entusiasmé cuando ella me anunció que vendría el sábado a pasar el día con Alberto, su futuro marido. Recibir una visita en casa era siempre motivo de apoteosis en aquel tiempo en el que Pedro, Juan y Dani eran las únicas personas que se adentraban a nuestra morada. Afortunadamente contaba con Yako , el único ser que me hacía compañía sin ningún otro interés que el de estar conmigo.    El carácter le había cambiado a mi padre en