lunes, 8 de junio de 2020

Volumen 30 de «Mi hija y la ópera»



ACTO II

Mi hija y la ópera

1

   Cabo de Palos, 2010

   Algo más de un lustro ha transcurrido desde que concluí el manuscrito. Mi vida ha evolucionado, ya no soy la misma Violeta de entonces, ahora puedo hacer gala de ser una persona equilibrada y madura sin ningún género de complejos. Quienes me conocen de antaño afirman que mi mirada infunde armonía y tranquilidad, nada que ver con mi vieja expresión tortuosa que inspiraba suspicacia y antipatía. Gracias a los ejercicios de meditación que practico a diario, y a la lectura de libros de filoso­fía oriental, he logrado un estado emocional casi imperturbable y proyectar una conciencia profunda a mi existencia. He conseguido vivir en un silencio que solo se rompe con el rumor de las olas y el sonido del viento que flamea las cortinas de mi casa cuando abro las ventanas de par en par aun a riesgo de que la madera del piano se deteriore con el salitre. La música está ahora en un segundo plano, aunque a veces escucho y describo pasajes operísticos con el único ser que es capaz de polarizarlos con suma fascinación, esa persona atiende al nombre de Andrés Rosique.
   La mañana del día de la Lotería de Navidad interrumpí el relato angustiada por los acontecimientos, acababa también de cesar, días antes, la escritura del diario que me había acompañado desde mi más tierna infancia. Derrumbada por todo lo que iba a acaecerme y de lo que supe después, arrinconé mi proyecto literario hasta que el tiempo lo olvidase para que solo las reminiscencias de mis sueños rescataran aquellas vivencias solo para mí. Un hecho ocurrido hace muy poco, y, en sí mismo, un digno argumento para continuar con esta historia, invita a que finalice como se merece la biografía de las tres primeras décadas de mi vida. Para ello es preciso que comience tal como acabó, en el día 22 de diciembre de 2004. Lo que sucedió desde aquel momento hasta hoy lo puedo narrar con tanta precisión que me atrevo a aseverar que incluso los diálogos son fidedignos. Tan solo necesito cerrar los ojos y recordar.

   Aquella mañana, la melodía tempranera de los niños de San Ildenfonso ahogaba la cocina. Marisa y yo debíamos contar a mi padre lo que le estaba sobreviniendo, una muerte segura constatada por el equipo médico que no le daba ni un año de vida. Antes de que él bajase de su dormitorio —ya había perdido la costumbre de ser el madrugador de la casa— yo cuchicheaba con su pareja, todavía no muy convencida de que aquello fuera lo correcto.
   —Marisa, de hoy no puede pasar, si no te atreves a participar lo haré yo sola.
   —Pero estamos en Navidad, vamos a pasarla juntos, en familia. Vendrán mis hijas, ¿qué quieres, caras tristes?
   —Para mi padre la Navidad nunca ha sido motivo de alegría, tú y yo no estaremos para celebraciones, y a tus hijas… poco debe importarles lo que ocurra, además, ¿es que acaso no están informadas?
   —Claro que lo saben. Isabel se ha estado preocupando por la salud de tu padre en estos días.
   —Yo no he recibido ninguna llamada —expresé todavía dolida por lo que nos había ocurrido en Nueva York.
   —Claro, porque ya habla conmigo, también me pregunta por cómo lo estás llevando.
   —¿Y qué le contestas?
   —Que tan mal como yo.
   Me alegró saber que Isabel se preocupaba de mi estado, aunque fuese en la distancia. No en vano estaba a dos días de volver a encontrarme con ella.
   —Nadie quiere morir —dije recuperándome de mi fugaz embelesamiento, y, como último argumento para convencer a Marisa, continué—: Aunque a todo el mundo le llega su hora, por eso, yo preferiría saber que tengo poco tiempo para no dejar ningún cabo suelto entre mis allegados y tener la posibilidad de despedirme de mis seres queridos. Y otra cosa más, desde que tengo uso de razón mi padre ha estado anhelando el instante en el que se reuniría con mi madre y con mi hermana.  
   Desbordada, por lo que hoy yo sé que estaba viviendo Marisa, comenzó a llorar desconsolada. El sospechoso susurro de nuestra conversación y los sollozos atribulados de su pareja quizá despertasen a mi mermado progenitor. Descendía cada uno de los escalones agarrado de la barandilla, llevaba unas antiguas pantuflas de invierno que casi nunca había llegado a usar y de las que ahora no se desprendía. Iba abrigado con una vieja bata que se hallaba destejida en la parte inferior por las mordeduras de mi dilecto perro que tanto he recordado en mi relato.
   —¿Qué os pasa, niñas?
   —¡Andrés! —exclamó Marisa con ojos mojados mientras se arrodillaba ante él.
   Ella enmudeció, los nervios me paralizaron a mí también.
   —No me digáis que nos ha tocado la lotería, ¿verdad? —comentó percibiendo nuestro bloqueo y el alboroto que emitía el televisor ocasionado por los ganadores de uno de los premios gordos.
   Estaba claro de que aquello no lo dijo muy en serio, él nunca ha comprado lotería, y Marisa y yo no tendríamos muchas participaciones y en todo caso serían pequeñas.
   —Mi amor —expresó trémula—, te estás muriendo.
   —¿Cómo? —preguntó con expresión sobrecogida.
   —Tienes cáncer —prosiguió Marisa,  sin sutilezas, con una valentía que yo no encontraba—. En varias partes del cuerpo, los médicos nos dijeron que con un tratamiento se podría haber intentado algo, pero tu negativa hace que sea imposible la curación.
   —¿Lo sabéis desde la semana pasada y no me lo habéis dicho?
   —Yo sí quería comunicártelo —confesé pávida.
   Mi padre tragó saliva procurando disimular el terror que dibujaban sus ojos. Marisa continuaba arrodillada y se abrazó a sus piernas en una postura que en otro contexto podría resultar grosera. Yo envolví con mis brazos a la pareja y con la voz entrecortada espeté:
   —¡Papi!
   Así estuvimos durante minutos, sin expresar vocablo. Marisa se había enhestado para mantener el estrujón en una posición menos incómoda. Ella y yo llorábamos abatidas mientras en la televisión anunciaban con alegría que en la localidad leridana de Sort había caído el gordo de Navidad.
   —Os tengo que decir unas cosas —anunció mi padre rompiendo el abrazo—: Marisa, mi dulce compañera, sabes que no quise casarme contigo porque quería que todo mi patrimonio fuera para mi hija. Tú tienes tus bienes y tu negocio. Espero que sigas contando con Violeta como tu principal colaboradora.
   Ella afirmaba con la cabeza.
   —Trata a mi hija como tuya. Te lo agradeceré siempre.
   —Andrés, sabes que eso está hecho, ahora descansa que no es momento para hablar de esto.
   —No, Marisa, sí lo es, no sé cuánto voy a durar, pero lo que sí sé es que estoy muy débil. He tenido una vida ajetreada, y aunque parezca que voy a morir joven, yo debería haber fallecido con Patricia y Susana aquella mañana. El círculo por fin se está cerrando, ya iba siendo hora de que acabase mi vida. Gracias a mi pequeña y a ti he prolongado mi existencia. Ahora tengo que despedirme y hacer las cosas bien.
   —Papá, tienes que luchar  —manifesté—. Yo todavía te necesito.
   —Hija, ¿sabes de lo que me estoy acordando ahora? Era una tarde, no sé de qué día, llevábamos poco tiempo aquí en esta casa, apenas tendrías cinco años. Vivía­mos tú y yo solos, algunas veces venía tu tía. Yo te odiaba porque te culpaba de todo lo malo que me sucedía, pensé que eras un castigo divino. Esa sensación de desapego hacia ti la sentí durante mucho tiempo. Aquella tarde había puesto Tannhäuser, casi en el final de la ópera aparece un fragmento que nos encanta: el Coro de peregrinos, comencé a bailar contigo en este salón que por aquella época estaba diáfano. Estuve dando vueltas con tu delgado cuerpo entre mis brazos y con tu pequeña mano agarrada a uno de mis dedos. Al son de la música me sonreíste, no lo hacías a menudo, me sorprendió tanto aquella manifestación de alegría que te grité emocionado: «¡Te quiero!». Varias veces te lo dije. A partir de aquel instante recuperé las ganas de vivir.
   Mi dubitativa expresión mostraba con claridad que no conseguía evocar nada de lo que me estaba contando, por lo que tuvo a bien continuar con su charla:
   —Aquel día supe que mi destino era protegerte, educarte y, sobre todo: quererte.
   —Has hecho todo eso con creces.
   La corazonada de que mi padre tenía preparado ese discurso desde tiempo atrás me sobrevino. Marisa no lograba contener el lagrimeo.
   —¿Qué quieres para desayunar? —le preguntó sorbiéndose las secreciones nasales.
   —Un café con unas gotas de leche para que no me dé acidez.
   Marisa salió hacia el jardín tras preparar el café, llevaba consigo un cigarrillo y su inseparable móvil. La seguí con la idea de fumar junto a ella pero me detuve por discreción a la conversación telefónica que iba a mantener cuando aprecié que dirigía el teléfono a su oreja. Esperé bajo el umbral de la puerta que estaba medio abierta para que no entrase el frío, exhalando el humo de mi pitillo en el resquicio para evitar que la casa oliese a tabaco. Percibí una delatora expresión cuando colgó el teléfono y se giró hacia la casa descubriéndome casi escondida bajo el marco de la entrada. Mi padre se había cambiado de ropa, se había vestido con unas rasgadas zapatillas de deporte, un viejo chándal con la chaqueta abierta que no ocultaba su recién estrenada camiseta de «I ♥ New York» que no me costó ni diez dólares.
   —¿Adónde vas? —preguntó Marisa adentrándose en la casa.
   —Voy a caminar, aunque sea un kilómetro.
   —Papá —intervine—, no reúnes las condiciones mínimas para andar y menos aún con el helor que hace esta mañana.
   —Ya no voy a mejorar, quiero dar mis últimos paseos por la zona, despedirme de los paisajes que me han acompañado media vida.
   —Ni hablar, Andrés —dijo Marisa—, no puedes salir porque yo no te puedo acompañar.
   —Saldré a caminar te moleste o no, de la misma manera que a partir de esta tarde voy a echarme un whisky. Los días, semanas o meses que me queden voy a disfrutarlos. Y si no os importa, me gustaría tener el televisor del salón para ver todos los deuvedés que pueda.
   Mi padre hacía referencia a nuestra imposición —más propia que de Marisa— de ver la televisión convencional, o sea, los canales que se emitían en antena y cuya programación él despreciaba. Franqueó la puerta a paso lento, el cielo estaba soleado y sin apenas viento, lo que apaciguaba un poco las bajas temperaturas. Marisa se fue tras él para persuadirle de lo majadero que estaba resultando con sus pretensiones de caminar solo, había dejado el paquete de tabaco, el mechero y el teléfono móvil junto a una mesita cercana a la puerta que, entre jarrones y figuras de porcelana, se lucían fotografías de las hijas de la pareja de mi padre. Observé con detenimiento la imagen de Isabel, aparentaba unos quince años, ya era atractiva a esa edad, ninguna semejanza con mi rostro volcánico en la adolescencia. De repente, el móvil de Marisa vibró, la pantalla indicaba la recepción de un SMS de Pedro. Advertí desde la ventana que ella seguía hablando con mi padre en el jardín. Cogí el teléfono, no para leer el mensaje corto que acababa de llegar (aquello me delataría), sino para ver a quién había llamado cuando salió a fumar minutos antes y cruzó una mirada de desconcierto al verse sorprendida con mi presencia. Eché un vistazo al registro de llamadas y eran las siguientes ordenadas por la más reciente:

-       Pedro Romero Gargallo
-       Isabel hija
-       Pedro Romero Gargallo
-       Ana hija
-       Violeta Rosique
-       Andres mi amor
-       Pedro Romero Gargallo
-       Julio asesor
-       Isabel prima
-       Pedro Romero Gargallo
-       Antonio Puche Arrixaca

   La conjetura de que con Pedro existía una estrecha relación iba cogiendo cuerpo, máxime, al constatar de que ni siquiera con mi padre se comunicaba tantas veces, incluso dejándolo casi todas las mañanas en casa para ir ella a atender su negocio. Deposité el móvil sobre la mesa justo en el momento en el que Marisa abría la puerta.
   —Tu padre está loco —dijo exasperada—, pero loco de remate, si se muere... allá él, te lo digo de verdad.
   —Marisa —contesté—, me parece que has recibido un mensaje en el móvil. Ha vibrado.
   Ella cogió el móvil, leyó el SMS y no exteriorizó nada.
   —Bueno, tengo que ir a mi tienda —anunció con entonación neutra.
   —¿Qué pasa, te espera Pedro allí, verdad? —inquirí.
   —Violeta, no me gusta tu tono, y no quiero pensar qué estás insinuando.
   —Marisa, el otro día, cuando estábamos en la consulta del médico, me dijiste que debías contarme algo muy grave y que no se lo confesara a mi padre. Tenía que ver con el fin de semana que estuviste con Pedro en Murcia.
   Ella me miró silenciosa durante unos segundos con ojos penetrantes.
   —Que sepas que la verdad puede doler —dijo tras encenderse un cigarrillo y arrimarme su paquete de tabaco—. ¿Quieres?
   —Sí. Lo necesitaré.
   —Como sabes —declaró exhalando intensamente—, Pedro nos iba a regalar a tu padre y a mí una entrada en el Romea para la noche del sábado que tú ibas a estar en Nueva York. Por las circunstancias que conoces, él no pudo ir y nos pidió a mí y a Pedro que fuésemos para no desaprovechar el regalo. La idea, Violeta, no era otra que la de ir a ver la representación y venirnos para acá de madrugada. Pero luego surgió esto:
   Marisa abrió su bolso y me ofreció una octavilla.

RECITAL DE POESÍA
VIERNES 10 DE DICIEMBRE DE 2004 / 21:00 h
Carlos Gargallo y José Martínez Giménez
Guitarra: José Ant. Frutos
CENTRO MUNICIPAL EL CARMEN
Alameda de Capuchinos, 32 – Sala Exposiciones – Murcia
ENTRADA GRATUITA

   —Sí, ya sé que fuisteis a un recital de poesía la noche del viernes —afirmé dejando la invitación sobre la mesa.
   —Ese tal Carlos Gargallo es el primo de Pedro, hablaron por teléfono y, aprovechando que íbamos a ir a Murcia, insistió en que asistiéramos a su recital de poe­sía. Te juro que lo vi inapropiado, no quería pasar una noche fuera de la casa sabiendo cómo estaba tu padre de mal, pero fue él quien me convenció, dándonos su beneplácito, para que estuviésemos la noche del viernes y aconsejándonos para que también fuera la del sábado, ya que íbamos a salir muy tarde del Romea y no quería que Pedro condujera de madrugada hacia Calasparra. Respecto a las dos noches del hotel nos salieron casi al mismo precio que si hubiésemos estado solo una, Pedro tiene un familiar como encargado en el Hotel Emilio y, por supuesto, asumió todo el gasto del fin de semana.
   —Pero ¿es que te piensas que a mí me importa quién haya asumido los gastos del alojamiento? He notado miradas muy extrañas, en ti, en Pedro y en mi padre, que es quien más me preocupa. Algo ha pasado, así que cuanto antes lo sepa, mejor —dije cruzándome de brazos a la espera de un argumento que me convenciese.
   —Sí, hija, algo pasó —admitió Marisa encendiendo otro pitillo—, y no puedes imaginar cómo me siento de culpable. Salimos el viernes por la tarde, tu padre se había quedado en el jardín, con su bata, diciéndonos que lo pasáramos bien. Yo le había preparado una serie de comidas que solo tendría que calentar en el microondas. Le estuve llamando durante todo el sábado y no cogió el teléfono, ni el móvil ni el de casa. Pensé que el móvil lo tendría sin volumen en algún sitio y que el otro estaría descolgado, o yo qué sé. Pero cuando llegamos aquí la tarde del domingo…
   Marisa realizó una pausa para desembuchar sin circunloquios todo lo que pretendía contarme y todavía no se había atrevido. Su mirada era pura franqueza, el nerviosismo quedaba patente en su manera de fumar. Temerosa del tono confidencial que se acrecentaba a cada palabra cogí otro cigarro.
   —Mira, Violeta, te pido por lo más sagrado que esto no salga de aquí, yo necesitaba contártelo, eso explicará por qué hemos estado Pedro, tu padre y yo tan raros y distantes. Al llegar aquí nos encontramos la casa abierta, grité el nombre de tu padre que no contestaba, subí a nuestro dormitorio y me encontré con una escena horrible.
   —¿Qué pasó? —balbuceé aterrada.
   —Lo habían atado de pies y manos. En las piernas una soga y en las muñecas unas esposas de policía que habían anclado a la pared desde varios puntos. Estaba desnudo, y tenía la boca tapada con un pañuelo que impedía que se oyeran sus gritos. En la pared había un texto pintado en rojo que decía: «El Leñador no es tan fuerte sin su hacha», que ocupaba todo el dormitorio. Tu padre no quería que yo entrase, con la mirada indicó a Pedro le quitara el anclaje de las esposas en la pared, tampoco dejó que le ayudáramos a limpiarse y vestirse. Me dio tanta pena…
   Aquella narración asedió cualquier esperanza personal de continuar con mi historia, y es por ello por lo que interrumpí el relato hasta los días de hoy. Conocer la humillación a la que había sido expuesto mi progenitor no solo me atormentaba, sino que una ingente cantidad de dudas comenzaron a asaltarme. ¿Cómo sabían que estaba mi padre solo en casa?, ¿volverían a atacarnos?, ¿acaso Pedro proporcionaba información? Para garantizar mi salud mental aparté de inmediato el pensamiento de que Pedro y Marisa tuviesen algo que ver con lo sucedido, si bien, las Navidades de aquel año llegaron con esas y otras incertidumbres con la única convicción de que, mientras un tal Andrew me «deshonraba» a miles de kilóme­tros, mi padre era ultrajado sin compasión por unos hijos de perra que jamás hubieran osado a enfrentarse a él si no fuera por su decrepitud. Por ventura, el destino me hizo un guiño, ahorrándome el mal trago de que hubiera sido yo quien se encontrase con mi querido protagonista en aquel espantoso escenario.








viernes, 5 de junio de 2020

Volumen 29 de «Mi hija y la ópera»



28

   Avistamos la mirada glacial e indiferente de Marisa al otro lado del pasillo, junto a otras personas que aguardaban la llegada del vuelo de Madrid, en el Aeropuerto de Alicante. Era la una de la tarde del pasado martes 14 de diciembre. Nos recibió con una mueca que pretendía fingir una sonrisa. Sus ojeras evidenciaban un rostro fatigado que yo atribuí a la resaca de un fin de semana agitado. Más raros fueron los dos besos atropellados con los que saludó a su primogénita en relación al profundo abrazo que me ofreció sin pronunciar palabra. Marisa dejó conducir a su hija de regreso a casa, había venido a por nosotras en el automóvil de Isabel, un utilitario en cuyo maletero solo cabía la mitad de nuestro equipaje. A pesar de la insistencia de «nuestra madre» me senté en el asiento de detrás, con mi maleta a la izquierda.
   —¿Qué tal los rascacielos, se ven tan altos como en las películas? —preguntaba con indisimulada apatía.
   Asentíamos sin entusiasmo, Marisa no lo detectó, el tono de su voz y sus ojos perdidos manifestaban a las claras que nuestras respuestas poco le interesaban. No en vano, Isabel quería llegar a casa y olvidarse de lo ocurrido en Nueva York, no hacía falta que expresase aquello que se entreveía en sus ademanes. Yo creo que mi fascinación por ella me había otorgado poderes telepáticos y podía radiografiar su pensamiento. Para evitar que lo descubriese procuraba no coincidir mi mirada con la suya en el retrovisor, centré la vista en el secano paisaje de nuestra tierra que en cierto modo añoraba.
   —Seguro que el viaje os ha servido para intimar entre vosotras, ¿verdad?
   Una mirada de reojo de Isabel coincidiendo con la mía nos hizo reparar lo poco oportuna que había sido Marisa con aquella ingenua reflexión.
   —Sí, mamá —dijo sardónica— nos conocemos muy bien, somos uña y carne.
   —¿Cómo está mi padre? —pregunté para que el tono irónico que empleaba Isabel no agravase más la situación.
   —Andrés ha tenido momentos mejores —contestó Marisa con una voz que se quebrantaba a cada palabra.
   Ella no volvió a separar los labios, aprecié por el reflejo de su cristal que realizaba un considerable esfuerzo para evitar las lágrimas. El resto del trayecto a Calasparra fue un ejercicio de hermetismo por parte de las tres, ninguna liberó vocablo alguno. Isabel condujo superando los límites de velocidad de la autovía y yo probé echar una cabezada que fue impedida por el desvelo que me causó la visión del rostro de Marisa. A pocos metros de casa, la música del cuarto acto de Carmen disipó mi inquietud, parecía que las cosas marchaban como siempre. Isabel ni siquiera se molestó en acceder con su automóvil a la parcela, para evitar maniobras nos dejó junto a la verja a su madre y a mí que cargaba con una pesada maleta. Con un lacónico «adiós» se despidió, arrastrando con las ruedas buena parte de la gravilla con una innecesaria aceleración de su vehículo. Mi padre se encontraba en el jardín, manchado de tierra y con una azada en la mano. Terminaba de plantar un árbol junto al montículo donde reposaban los restos de mi perro, la higuera se hallaba en el otro lado. El cartel que rezaba «Yako, mi fiel amigo» quedaría justo en el centro de ambos árboles.
   —¡Andrés, con lo enfermo que estás, y aquí fuera! —saludó Marisa.
   —¡Hija!, ¿sabes que nevó un poco ayer?
   —Papá, te he echado mucho de menos —dije abrazándome con solidez a pesar de su manifiesta fragilidad y del barro adherido a su ropa.
   Marisa introdujo buena parte de mi equipaje en casa vociferando el nombre de Pedro que estaba en el interior. Un olor extraño percibí al entrar en la vivienda.
   —¿A qué se huele?
   —A pintura. Pedro está pintando el dormitorio de tu padre.
   —¿Y eso? —pregunté desconcertada mientras subía las escaleras.
   —Porque las paredes están húmedas —intervino este desde la habitación—. Se estaban descascarillando. Las estoy pintando de blanco.
   —Podríais haber cambiado el color por otro ya que os habéis puesto manos a la obra —dije un tanto molesta por no haber sido consultada para dicha rehabilitación.
   —¡Déjate de estilismos y dame dos besos, hija! —exclamó Pedro posando el rodillo sobre un cubo y limpiándose las manos.
   Rectifiqué a partir de aquel instante la idea preconcebida del amigo de mi padre, acostumbrado a verlo con un pañuelo sobre el cuello, bien vestido y repeinado, estaba ahora repleto de gotas de pintura y ataviado de viejas prendas porque se había ofrecido, con espíritu entregado, a pintar una simple humedad en los tabiques de la alcoba principal. Mi padre había entrado en casa detrás de mí, pero se quedó en la planta baja, ya no subía las escaleras salvo que fuera necesario. Se limpió en el aseo de la tierra húmeda que tenía incrustada en sus dedos.
   Se podía palpar la tensión en el ambiente. Mi progenitor era incapaz de sostener la mirada más de un segundo a ninguno de los presentes; Marisa, con semblante de consternación, no abrió la boca salvo para lo imprescindible, y Pedro, con el rictus propio de quien se siente culpable de algo. Comimos los cuatro con el sonido de los cubiertos y nuestra masticación. Un par de insípidas pizzas congeladas fue nuestro alimento junto a unos tomates partidos con aceite, sal y pimienta. Un litro de cerveza —que para mi padre era antaño el acompañamiento de un simple aperitivo— quedó por la mitad. Solo Pedro aparentaba tener apetito. En mi caso, el cambio horario, el extenuante regreso a casa y las últimas noches de locura me pedían a gritos un descanso. Mi padre se tumbó en el sofá del salón y su amigo subió al dormitorio para finiquitar la faena. Las dos mujeres permanecimos en la cocina recogiendo la mesa, ella se dispuso a fregar los platos.
   —Marisa, no lo hagas —demandé—. Termino yo.
   —Déjame que yo me basto, tú descansa que tienes que estar rendida.
   —No, permíteme que los lave yo, tienes muy mala cara.
   —Es el por el cansancio y… un mal presentimiento —dijo atreviéndose a compartir sus auspicios.
   —Dime qué está sucediendo.
   Marisa negó con la cabeza y la agachó para quedarse paralizada.
   —Algo delicado ocurre —proseguí cerrando el grifo del fregadero—. Te conozco lo bastante como para saber que me escondes algo.
   —Me han llamado de La Arrixaca, quieren que vayamos mañana, es muy urgente. Está mucho más grave de lo que pensábamos.
   Pedro se marchó a media tarde y Marisa se encargó de ultimar los arreglos de la habitación principal, desplazó con suavidad los muebles, percheros, cajones y cuadros respetando el sueño de los que dormitábamos en otras estancias. El día siguiente amaneció gris, mi progenitor no se había despegado del sofá y yo prolongué la siesta hasta el amanecer intercalando a medianoche un sobrio sándwich de jamón cocido y queso. Aquella mañana nos dirigimos al hospital de la capital murciana. Preocupada por el resultado de los análisis conduje con mi padre de copiloto, algo que en otra época hubiera resultado un martirio. Marisa descansaba detrás, callada, con sus pensamientos muy alejados del coche. Un médico en cuya placa podía leerse Antonio Puche derivó al paciente a una sala escoltado por un especialista en enfermedades cardiovasculares.
   —Don Andrés, acompañe al doctor Romero, él le realizará unas pruebas que completarán el diagnóstico.
   Mi padre obedeció sin reparos con los ojos amilanados de un niño y el semblante fatigado de un anciano. Nosotras seguimos al primero de los médicos que nos condujo hacia su consulta.
   —¿Usted es doña Marisa Martínez? —preguntó el doctor Puche mientras tomábamos asiento en cada una de las sillas del otro lado de su mesa.
   Marisa asintió con mirada pavorosa.
   —¿Y usted doña Violeta Rosique?
   —Sí, señor —articulé sintiendo los latidos en mi pecho.
   —Lamento tener que comunicarles que mi paciente, don Andrés Rosique, tiene cáncer de hígado con metástasis en fase terminal. Nada o muy poco se puede hacer por él. Lo siento.
   Aquellas frases retumbaron como un portazo, el temblor que me originaron imposibilitaron que articulase una sílaba. Marisa tuvo el coraje de preguntar por los detalles que sospechó que se omitían.
   —Doctor, ¿qué le queda?
   —No puedo concretarle, necesitamos que sea ingresado con urgencia para ver cómo podemos prolongar su existencia. No sabemos de la evolución de su enfermedad y del estado físico de su esposo.
   —¿A dónde lo han llevado ahora? —curioseó con la respiración entrecortada.
   —En realidad, a unas pruebas poco relevantes para el diagnóstico, tan solo pretendemos comprobar su estado cardiovascular y, ante todo, queríamos comunicárselo a ustedes cuanto antes.
   —¿Él no lo sabe? —preguntó entre lágrimas conociendo de sobra la respuesta para después posar su mano sobre mi hombro.
   —El cómo sea informado dependerá de ustedes. En mi opinión, esta comunicación ha de ser dosificada si queremos que el estado del paciente sea el mejor posible.
   —Se lo suplico, señor Puche —intervine juntando las palmas en postura orante—, haga todo lo que pueda para salvar a mi padre.
   —Violeta, haremos lo que esté en nuestra mano para que don Andrés esté atendido con total garantía y que su calidad de vida sea la más adecuada.
   Permanecimos en silencio en la consulta esperando a que mi padre y el médico,  con el que había acudido a realizar las pruebas, vinieran a nuestro encuentro. La incomodidad que producía el mutismo generado en la sala obligó a que el doctor que aguardaba con nosotras se excusase a por un café, dejándonos a mí y a Marisa a solas.
   —Es mejor no decirle nada a tu padre —comentó Marisa cerciorándose de que la puerta estaba cerrada.
   —¿Por qué?, él preferiría conocer la realidad, por dolorosa que fuese.
   —Mira, cuando diagnosticaron a mi padre, que en paz descanse, su enfermedad, y de que estaba muriéndose, se lo ocultamos. Hasta el último día se despertó con ilusión.
   Yo meneaba la cabeza negando cual boxeador noqueado.
   —Ahora lo que toca —prosiguió—, es que siga la quimioterapia, la radioterapia, que sea intervenido u hospitalizado, o lo que haga falta. Pero mejor no decirle lo que ocurre, si él sabe que va a morir tirará la toalla y nos dejará mucho antes. Es una cuestión de psicología, ¿por qué crees que el médico nos lo ha dicho a nosotras y no a él?
   —Bueno, Marisa —acepté—, lo importante es que quiera curarse, mi padre siempre ha tenido muy buena salud.
   —Eso sí es verdad. A lo mejor es uno de esos casos que la medicina desahucia y luego se termina salvando.
   —Fíjate, con los proyectos de futuro que tenéis en común que hasta estáis pintando vuestro dormitorio.
   —Violeta —articuló con voz profunda y mirada hipnótica—, he de contarte algo, tu padre no debe saberlo. Tiene que ver con este fin de semana pasado.
   Mi corazón dio un vuelco de nuevo, supuse que me iba a contar alguna confidencia relacionada con las dos noches en Murcia con Pedro y algún escabroso acontecimiento en el hotel que ahora le remordería. Por poco que su fogosa hija se le pareciese, algo habría ocurrido entre ellos. La puerta de la sala se abrió con brusquedad anunciando el regreso del médico.
   —Tenemos un problema con don Andrés. Mi compañero, el doctor Romero, me ha llamado para decirme que ha tenido que suspender las pruebas ante la negativa del paciente. Vienen para acá.
   Nos levantamos sobresaltadas de nuestros asientos, me soné la nariz con un pañuelo de papel de los muchos que me había ofrecido ella. Ambas liberamos nuestro rostro de lágrimas procurando aparentar naturalidad. Al rato, mi padre franqueó la puerta de la consulta abrochándose el botón del puño de la camisa, perseguido por el cardiólogo.
   —¿Qué pasa, Andrés? —preguntó Marisa con un tono tan natural que me pareció que un fingimiento histriónico acababa de representarme un momento antes.
   —No quiero más pruebas, quiero irme a casa.
   —Don Andrés, escúchenos —argumentó el doctor Puche—, no debe hacer eso. Para poder hacer frente a la enfermedad necesitará medicación y, en ocasiones, hospitalización.
   —Lo siento, doctor, no voy a seguir ningún tratamiento, me marcho, no necesito nada más que estar tranquilo.
   —¡Papá! —tercié estrechándolo en mis brazos—, hazle caso a los médicos.
   —Ya le he dicho, señor Rosique —intervino el doctor Romero—, que sin tratamiento no podrá superar la enfermedad.
   —Eso, señores, será problema mío; ¡Violeta, Marisa, vámonos a Calasparra!
   Arranqué mi automóvil poniendo rumbo a casa. Los tres deseábamos abandonar aquel enjambre de pacientes, visitantes, médicos y otros trabajadores del hospital cuya multitud originaba mayor bullicio que todos los habitantes juntos de nuestra localidad. Mi padre insistió en recostarse en el asiento trasero pretendiendo descansar durante el trayecto. Marisa y yo apenas dialogamos, nuestras conversaciones fueron irrelevantes y la mayoría aludían a la meteorología, para mí, después del frío de Nueva York, la temperatura de nuestra tierra siempre la englobaré en una horquilla que abarca desde calurosa, en verano; y de templada, en invierno. Vinimos por el itinerario de Cieza, cuando rebasamos la Venta del Olivo, ya cerca de casa, mi padre se despertó.
   —Hija, ¿tú te acuerdas, hace tiempo, de aquella vez que te dije que, en ocasiones, la melodía de una ópera o de cualquier otra música que no crees haberla oído recientemente, te aparece en el subconsciente y, de repente, comienzas a tararearla sin saber muy bien por qué?
   No recordaba nada de lo que me estaba contando, pero afirmé vacilando con la cabeza, calibrando su expresión, intentado adivinar a qué se refería.
   —Me da la sensación —continuó— de que pasa algo parecido con los momentos de la vida. No me acuerdo de eventos recientes, pero sí detalles que en su día parecían poco importantes y que, de pronto, me vienen. No recuerdo casi nada de la boda con tu madre, pero rememoro el día que la besé en la playa de El Portús; tengo una vaga reminiscencia de cuando me comunicaron que naciste y, sin embargo, la primera vez que te vi en la incubadora me aparece en la cabeza sin pedir permiso. También evoco el día que te conocí, Marisa, tan elegante y tan dispuesta para reparar el cuadro de mi pequeña Susana, aunque la memoria me impida retener lo que hemos hablado esta semana. Ojalá pudiera haber escrito mi vida y recordar lo que me apeteciese contar y no solo las apariciones mentales de lo que mi cerebro, sin sentido, desentierra ahora.
   —No sigas hablando, Andrés —interrumpió Marisa—, que parece que te quieres despedir de nosotras.
   —Hija, no desaproveches tu vida —me dijo—. Escribe, que seguro que se te da bien, y no dejes de tocar el piano, que la gente sepa quién es Violeta Rosique y que no te conozcan en el pueblo como la hija del Leñador.
   Dejamos a Marisa en su comercio, nos dijo que tenía que atender unos asuntos profesionales antes de llegar a casa. Pedro nos saludó desde el interior de la tienda sosteniendo un marco con su mano, mi padre y yo sin abandonar el vehículo devolvimos el gesto y seguimos. Con la sensación de soledad que me ofrecía el asiento contiguo desocupado comencé a llorar mientras escuchaba la melodía Una furtiva lagrima y callejeaba por las calles del pueblo, liberando así el dolor punzante que me producía el nudo en la garganta con el que partí del hospital. Prometí entre sollozos a mi progenitor que comenzaría en breve a escribir un libro, una novela. Me reservé a anunciarle algo que acababa de decidir, una historia cuyo argumento giraría en torno a la única persona que ha sido mi verdadera familia: MI PADRE.

   Tres largas jornadas de bloqueo emocional transcurrieron desde aquel momento hasta el 19 de diciembre, fecha en que comencé este manuscrito. También han sido tres los días que he invertido en realizar este borrador a través de mis memorias escritas en un diario, tejidas, eso sí, con todos aquellos recuerdos que mi mente ha podido rescatar desde la más remota de mis remembranzas, allá, en la noche de los tiempos. Este relato termina sin llegar a un desenlace, aunque el fin está bien claro desde que mi padre optó por negarse al tratamiento aún sin saber él que ese impedimento le supondrá la muerte. Paradojas del destino, hoy, día de la Lotería de Navidad, es el que hemos escogido Marisa y yo para comunicarle a mi padre que está viviendo el final de sus días. Extenuada por las numerosas horas frente al ordenador en las últimas fechas doy por concluida esta singular biografía. Procuraré quedar dormida en pocos minutos con el suplicio del presente combatiendo a favor del insomnio, anhelando despertar con el convencimiento de que todo lo que aquí se ha escrito haya sido una aciaga pesadilla.