martes, 9 de junio de 2020

Volumen 31 de «Mi hija y la ópera»



2

   Las Navidades transcurrieron en el estado taciturno que presagiábamos. Pedro acudió a casa la noche de fin de año, fue una de sus últimas visitas. Las hijas de Marisa comparecieron igualmente a tomarse las uvas con nosotros, también vinieron antes para conmemorar la Nochebuena. En ninguna de las dos noches pude establecer una conversación con mi idolatrada Isabel que me acercara un poco a ella. Alguna mirada a hurtadillas en sendas cenas ponía de manifiesto que volver a acariciar su piel sería una quimera mientras yo fuese para ella la encarnación de una estupidez perpetrada en una noche etílica. Solo mi tía, que estuvo al corriente del padecimiento de mi padre, se encargó de llamarnos con frecuencia manifestando su intranquilidad por la evolución de la enfermedad.
   Pese al inexorable advenimiento de su muerte, él intentaba continuar con su rutina que solo interrumpía cuando tenía que atender alguna visita. Sus largas expediciones por el monte se habían convertido en pequeños paseos por el carril en bata y zapatillas. Las intensas sesiones de poda de árboles y corte de leña fueron cambiando a la selecta recolección de flores y a la arrancada, hoja a hoja, del follaje marchitado y otras malas hierbas. La botella de cerveza que en otros tiempos liquidaba en cada comida había dado paso a una pequeña copa de vino. Y la voracidad con que masticaba y engullía desapareció siendo ahora un comensal de poco espíritu que parecía comer con asco. Incluso en sus costumbres musicales se pudieron apreciar diferencias, redujo la batería de títulos con los que maravillarse para apenas escuchar una variedad no superior a veinte obras entre las que se encontraban sus intocables: Puccini, Verdi y Mozart, junto a alguna obra de Wagner, Mascagni, Bizet y Rossini. No quería desaprovechar sus últimos momentos de vida con alguna ópera que no se encontrase entre sus favoritas.
   Fue a mediados de aquel enero, casi catorce años después de haberle visto por última vez, cuando se me ocurrió la idea de que mi padre podría reencontrarse con su viejo amigo Paco, persona a la que en mi infancia llamaba padrino. Se enemistaron por asuntos de trabajo en julio de 1991, y por orgullo dejaron de verse. Desconocía si aquel hombre fiel que conocí de niña albergaba todavía rencor hacia la persona que el destino imposibilitó que fuese su compadre, y aún a riesgo de que mi progenitor, en su testarudez, conservara algún resentimiento dirigido a quién tildó de desagradecido, me organicé para buscar un encuentro entre ambos y saldar una deuda pendiente con sus vidas. Pretendí sorprender a mi padre, por lo que me pondría en contacto con Paco: le comunicaría la enfermedad que estaba sufriendo su amigo, así bajaría la guardia ante una remota animadversión y cuando él se ajustase a la cita, le indicaría que debería fingir un encuentro casual por las calles de Calasparra y una vez escudriñada la respuesta de mi padre nos iríamos a casa a celebrar «tamaña coincidencia» (en el caso de que la reacción fuera positiva). Cogí un viejo dietario del año 1997 que se usaba como listín telefónico. Confiaba en que hubiera actualizado sus datos en aquella agenda muy posterior a la última vez que se vieron. Rebusqué su nombre mirando primero por la letra efe, de Francisco; no apareció ninguno que se apellidase Martínez. Más tarde indagué por la letra pe, y ahí encontré su nombre perdurando en el tiempo: Paco Martínez Nova. De inmediato efectué la llamada:
   —¿Diga? —atendió una voz femenina de edad madura.
   —Hola, ¿está Paco? —pregunté sin acordarme de que el nombre de su esposa era Consuelo, sospechando que era ella quién estaba al otro lado del auricular.
   —Sí, ¿de parte de quién?
   —De su ahijada —anuncié enfática.
   —¡Ah, hola! —saludó confusa.
   Escuché al otro lado del teléfono un bisbiseo entre ella y su esposo.
   —¿Alicia? —preguntó una voz intrigada y cansada.
   —No, no soy Alicia, ¿eres Paco?
   —Sí. Es que… perdona, mi mujer está medio sorda y me ha dicho que la que llamaba era mi ahijada, y como mi única ahijada se llama Alicia… Además, me ha parecido muy raro que mi sobrina de diez años preguntase por mí.
   —Padrino, recuerdo cuando me decías que yo siempre sería tu ahijada aunque no estuviera bautizada.
   —¡Violeta! —exclamó Paco tras unos segundos de desconcierto.
   —¡Cuánto tiempo sin escucharte! —respondí.
   Una extensa pausa silenciosa imperó entre nosotros, interrumpida por la pronunciación de su nombre que repetí dos veces con entonación interrogativa.
   —Perdona, hija, es que me he emocionado al oírte, pensé que nunca más íbamos a hablar tú y yo. Desde que murió mi hermana… cualquier situación emotiva me arranca una lágrima.
   —Lamento lo de tu hermana —expresé sin saber de quién hablaba.
   —Y, ¿a qué se debe esta llamada?
   —Mi padre se está muriendo.
   —Vaya, ¿te ha dicho que me llames?
   —No. Él desconoce que yo fuera a ponerme en contacto contigo, pero sé que tú has sido su mejor amigo durante muchos años y he sido testigo de lo que le apenó que os distanciaseis. Si no hubiera sido por la soberbia que cada uno tenéis…
   —Con el tiempo he sabido que me enfadé con tu padre de manera desproporcionada, él vendió la empresa a unas personas sin escrúpulos, pero lo hizo por salvar al personal, yo no quería reconocer que mi gestión había dado lugar a aquella venta. Me comporté como un ingrato, al fin y al cabo él me dejó de encargado de sus comercios, dirigiendo a mucha gente. Puedo entender que no haya querido saber nada de mí.
   —Estoy convencida de que le agradará verte, he conseguido tu número de una agenda del año noventa y siete, si escribió en el nuevo listín tu nombre sería por algo.
   —Eso no quiere decir mucho, yo tengo números en mi dietario a los que no he llamado en años —dijo entonándolo de tal modo que no me resultó impertinente.
   —Bueno, tengo urdido un plan para que os podáis ver sin que él pueda negarse —anuncié para después contarle todo el designio.
   Quedé con Paco para que a las doce del mediodía, del lunes 17 de enero, estuviera frente a la Parroquia de la Merced, una iglesia de fachada azul que no tendría problemas para localizarla cuando le dije, como pistas adicionales, que su ubicación se encontraba entre El Crillas y el Restaurante Centro, lugares que él frecuentaba con mi padre cuando se iban a tapear en aquellos viernes de reunión semanal. La tarde del domingo, horas antes de aquella cita, entre los aplausos del final del segundo acto de El Barbero de Sevilla, con Marisa como compinche en el otro extremo del sofá, solicité a mi padre que me auxiliara en unas compras que iba a hacer en el pueblo al día siguiente. Por sorpresa, no le resultó peregrina la propuesta, por lo que no hube de añadir ningún efugio.
   —De acuerdo, hija, ¿qué es lo que hay que traer?
   —Un poco de todo, pero me tienes que ayudar porque tenemos que comprar cerveza, pan, verduras, frutas, etcétera; mucho peso para mí sola.
   —Pero con el frío que hace... Violeta, mejor será que se quede en casa             —intervino «mi cómplice» con naturalidad, aportando verosimilitud a la conversación.
   —No, Marisa, ya estoy harto, iré con mi hija, haga frío o no.
   Desde detrás de la cabeza de mi padre, que estaba sentado en medio de nosotras, le guiñé un ojo agradeciéndole su interpretación.

   Él se levantó temprano aquella mañana, más de lo que solía ser habitual por aquel entonces. Entusiasmado por poder cooperar con pequeñas tareas del hogar, me informó, en cuanto desperté, de que estaba listo para salir hacia el pueblo. Marisa ya se había ido a trabajar, a ella le tocaba aquel día. Ambas teníamos un sistema de turnos donde alternábamos el trabajo en su comercio con los quehaceres que suponían los cuidados de mi padre y las labores de la casa.
   —Papá, ahora no podemos ir a comprar —le repetía para ganar tiempo—. Tengo cosas que hacer.
   —Vamos, que ya estoy listo —insistía—. Deja las cosas que tengas para más tarde.
   Faltaban todavía dos horas para la cita con Paco, demasiado pronto para ir a Calasparra. Podía ralentizar la marcha hasta las diez y media con la excusa de una ducha que prolongué todo lo que pude. Partimos a las once de casa cuando la paciencia de mi padre se encontraba a punto de quebrantarse.
   —Hija, que vamos a comprar, no a una boda. No te arregles tanto.
   —Te recuerdo, papá, que en un comercio conocí a Antonio. Nunca se sabe.
   —Lo que no entiendo muy bien es por qué perdiste la amistad con ese chico. Era bruto, pegaba poco contigo, pero tanto como para dejar de comprar en su tienda…
   —El supermercado al que vamos ahora es más económico y tiene más surtido.
   —¿Y desde cuándo eso me importa?, yo prefiero comprar a quien me conozca por el nombre y pueda saludarme cuando lo vea por la calle. Ahorrarme un euro me importa poco si ese dinero se va a las arcas de una multinacional.
   —Venga, entra al coche, Casqui. —Así le llamaba, con cariño, cuando comenzaba con el alegato de sus principios adoptando el rol de cascarrabias.
   Llegamos al supermercado, mi padre agarró una cesta roja de plástico. Siempre se ha creído vigoroso, lo suficiente para acarrear bártulos de cierto peso, incluso enfermo. Esa mañana se encontraba con más fuerza de la habitual en aquellos días. Aun no siendo así, él no consentiría que una mujer soportase el peso de la compra, menos aún si se trataba de su frágil hija. Me quedé en la puerta del comercio para telefonear a Paco y rogarle que se apresurase mientras avistaba en el interior a mi padre caminando despacio y desorientado entre los pasillos buscando las estanterías de los destilados.
   —Padrino, ¿estás ya cerca?
   —Voy de camino, me queda media hora.
   —Tarda lo menos posible que mi padre se ha levantado temprano y quiere hacerlo todo pronto.
   —Haré lo que pueda.
   Abandonamos el supermercado a las once y media, antes de lo previsto, no calculé la escasa clientela que tendría en la matinal de un lunes. De camino a nuestro automóvil pasamos por la puerta de la iglesia, Paco no había llegado.
   —Vamos a la tienda de una conocida mía —propuse.
   —¿Para qué? —preguntó exasperado.
   —Está aquí al lado, quejica, aprovecha la visita para comprarle algo a Marisa, seguro que le gustará. Además, creo que también vende artículos de menaje, hace falta cambiar todas las sartenes que tenemos en casa —mentí.
   —Pero si no están rotas —alegó incrédulo.
   —Papá, ¡cómo se nota que no cocinas!
   Nos adentramos en la tienda de regalos Encarna Navarro, cuya propietaria era una conocida de los Glóbulos Rojos, peña en la cual me introdujo Antonio años atrás.
   —Hola, Encarni, ¿las sartenes?
   —Muy bien, seguidme. Por cierto, dile a Marisa que tengo que dejarle un cuadro para que lo enmarque.
   Me maravillaba contemplar a mi padre en esa actitud tan sumisa, sin que su férrea impaciencia de antaño me crispase. En cualquier caso, hubiera preferido verle con salud en su antigua versión. Nos encaminamos en dirección al coche portando numerosas bolsas, tanto las del supermercado como las que acarreamos de la tienda de menaje, con un apropiado centro de mesa que sería del gusto de Marisa. Habría cien metros desde aquel punto hasta nuestro vehículo, antes tendríamos que franquear la fachada de la iglesia donde ya nos aguardaría Paco. Mi padre se empecinó en transportar las bolsas de mayor peso, lo que ralentizó nuestra marcha. Avisté a mi padrino apoyado sobre un Mercedes, un modelo actualizado similar al turismo que tuvimos durante tantos años. Según nos acercá­bamos pude apreciar su silueta, una enorme barriga que había crecido implacable y una calvicie que no podía ocultar con un peinado hacia delante como antes. Él me reconoció enseguida, mi mancha facial me delataba a pesar de que la última vez que nuestros ojos se cruzaron yo era una niña de diez años y ahora estaba a un mes de cumplir los veinticuatro. Lanzó el cigarrillo a la acera justo cuando está­bamos frente a él. Dio un fuerte pisotón para apagar la incandescencia de la colilla tratando también de llamar la atención de su viejo amigo que no levantaba la vista de las baldosas. Mi padre lo observó con semblante espantadizo, se detuvo y se acercó a su rostro. Enseguida reconoció su sonrisa y, de repente, soltó las bolsas de la compra por la emoción. En la caída se rompió una de las botellas de whisky, así como algunos huevos.
   —¿Paco? —preguntó consternado, sabiendo que se encontraba frente a su álter ego.
   Mi padrino afirmó con la cabeza, con la incómoda mudez originada por un nudo en la garganta se abrazó a su amigo y así estuvieron, en silencio, durante un rato.
   —¡Qué casualidad! —exclamó mi padre reanudando el habla—. ¿Qué haces por aquí?
   —Coincidencias del destino —respondió salvaguardando el secreto.
   —¿Cuánto tiempo hace que no nos vemos?
   —Muchos cartones de tabaco —dijo Paco—. Muchos.
   Comprobando la grata sorpresa que había supuesto para mi progenitor toparse con su compadre después de tantos años le confesé que había sido una iniciativa mía.
   —Has hecho muy bien, hija, vámonos a casa a celebrarlo. ¿Sabes cómo llegar, Paco?
   —Sabría llegar a tu casa a ciegas.
   Mientras esperábamos a Marisa y a que se hiciera la hora de comer, Paco nos puso al día de sus asuntos profesionales.
   —Estoy trabajando —decía sosteniendo una jarra de cerveza— en una empresa llamada Fruvisa que se dedica a las telecomunicaciones. Soy jefe de ventas, no me va mal, tengo toda la movilidad que quiero; por ejemplo, esta mañana he enviado un correo electrónico para comunicar que iba a realizar unas visitas de cortesía a unos clientes de esta zona, y aquí me veis.
   —Me alegra de que te vaya bien. No te puedes ni imaginar lo mal que me he sentido durante este tiempo por todo lo que ocurrió.
   —Me fui pronto de la empresa de los Rivas.
   —Hiciste lo correcto, no sabía que esta gente fueran unos piratas.
   —Veo, Andrés, que no sabes lo que pasó —sondeó Paco en un tono privado.
   —No, dime —sonsacó con rostro sorpresivo.
   —La empresa ya no existe, y, ¿sabes de qué me enteré después? —anunció aña­diendo más aire de secretismo a la entonación—. Ha sido muy sonado en Cartagena. Los hermanos Rivas han acabado uno muerto y el otro en la cárcel.
   —¿Cómo es eso?
   —¿Te acuerdas de los dos, no?
   Su compadre afirmó.
   —Pues me dijeron que Ernesto, el que habló con nosotros, dejó a su hermano Jaime fuera, o sea, se adueñó de la empresa, que ambos habían heredado del padre, a base de manipulaciones y engaños, y terminó echando al confiado de su hermano a la calle.
   —¿Jaime quién era, el que hablaba por teléfono?
   —Sí, ese.
   Un silencio inundó el salón, conseguí escuchar el tictac del reloj de la cocina.
   —Pues Jaime —continuó mi padrino—, eso es lo que me dijeron, lo asesinó en la puerta de su casa. En el fondo, tanta codicia ha acabado con ellos.
   —No podían tener otro final —sentenció mi padre.
   —Bueno, y tú, ¿cómo estás? —preguntó Paco.
   —Supongo que sabrás que me queda poco.
   —Pero no parece que te estés muriendo.
   —Tengo cáncer en fase terminal, no se puede hacer mucho. Eso sí, reconozco que por el momento mi único síntoma es el profundo cansancio que padezco.
   —Mi hermana Begoña murió hace dos años en un accidente —anunció sin pa­ños calientes.
   —Vaya, no lo sabía, ¿qué pasó?
   —Pues un hijo de puta que se saltó un «ceda el paso».
   Aquellas palabras produjeron un embarazoso mutismo en la sala. Mi padre y yo nos miramos de soslayo, Paco reparó al instante en que mi madre y mi hermana, junto con un camionero, perecieron en un fatídico accidente de tráfico causado, según se dijo, por mi progenitora al saltarse un stop.
   —Lo siento, Andrés, no he querido…
   —La culpa de un accidente solo la tiene el destino —manifestó mi padre.
   Por suerte, el sonido del turismo de Marisa maniobrando desde el jardín desvió la atención del diálogo. Durante toda la sobremesa y hasta bien acabada la cena se estuvieron contando anécdotas de juventud, alguna sonrisa pude apreciar en aquellos envejecidos rostros. Aseverándonos de que en una visita inmediata vendría en compañía de Consuelo, nos confesó, más tarde, de la imposibilidad de su mujer para concebir.
   —La vida sin descendencia no tiene sentido, es muy triste —decía removiendo la cucharilla antes de darle el último trago al café.
   —Ojalá vengas pronto con la madrina —tercié para romper su estado casi gemebundo.
   —Menos mal que tengo sobrinos, y a mi ahijada Violeta, por supuesto. Fíjate que siendo tu padrino nunca te he hecho ningún regalo por tu cumpleaños —se lamentaba, sin saber que, años después, me entregaría el mejor obsequio que me han dado nunca.
   —No importa, prefiero verte a partir de ahora.
   Paco se levantó echando un vistazo a su reloj, quedaba un largo camino para Murcia. Cogió las llaves de su coche y el abrigo. Marisa, mi padre y yo le acompañamos hasta la puerta principal. Antes de abrirla se detuvo y negó con la cabeza, señal que yo interpreté como el de una lucha interna, parecía que no se quería marchar sin decirnos algo que él consideraba relevante.
   —Andrés, ¿tú te acuerdas de Susana, de mi prima Susana?
   —Sí, aquella preciosa mujer que se encaprichó de mí —afirmó con engreimiento—, ¿cómo le ha ido en la vida?
   —Pues no muy bien —contestó Paco con una mueca seria—. ¿Sabes?, la he visto media docena de veces desde que le diagnosticaron esquizofrenia, hace ya veinte años. Sostiene una estúpida teoría que nunca te he contado, porque darle importancia a las palabras de una chiflada no sería muy inteligente, pero me gustaría que la oyeras, decía que tú la dejaste por una camarera y que para hacerle daño le pusiste Susana a tu hija, con la intención de burlarte de ella.
   —A mi primogénita —interrumpió—, y tú lo sabes, le pusimos el nombre de Susana por Las Bodas de Fígaro, igual que Violeta es por La Traviata. Los personajes principales de las óperas preferidas de sus padres. Yo apenas me he acordado de esa mujer en mi vida. Era una egocéntrica y no me equivoqué.
   —Eso ya lo sé, Andrés, son palabras de una perturbada, pero la última vez que la vi, en el entierro de mi hermana, volvió a decir lo mismo, dijo que para vengarse de ti espió durante semanas a tu familia con la compañía de dos amigos con los que tuvo que acostarse para que le ayudaran en sus oscuros propósitos. Solo quería sacarte dinero, aunque al final se asustó porque se consideró responsable del accidente.
   —Basta, Paco, no sigas —contestó mi padre apretando los puños con la vista en el suelo—. Ya sufrí bastante con eso, no hagas comentarios que remuevan aquella tragedia, por favor.
   —Su resentimiento hacia ti no tenía límites. Siempre he pensado que eran promovidos por su locura, pero es tan pesada… Perdona, no tenía que haberte dicho nada de mi prima.
   —No te preocupes, dame un abrazo. Quiero verte antes de morir.
   —Tranquilo, volveré pronto —prometió Paco estrujándose con mi padre.
   Marisa salió para abrir la verja que daba acceso vehicular a nuestra parcela. El aire gélido de aquella noche invernal nos sirvió de excusa para que mi padre y yo permaneciésemos en casa. Perpleja por la historia que Paco acababa de contar, inquirí:
   —¿Quién es esa tal Susana?
   —Una indeseable con la que no tuve relación alguna. A propósito, la camarera a la que esa persona hacía referencia era tu madre.
   Recuerdo que subí pronto a mi dormitorio, había sido una jornada de emociones y de novedades que cobraron sentido con el tiempo, animándome a que le pusiera fin a esta historia que ahora está en las últimas. Oteé desde la escalera a mi padre, observaba desde la ventana las maniobras que Paco debía realizar para salir del jardín, limpiaba con una mano el vaho que dejaban sus exhalaciones en el cristal. Aprecié que en su pelo encanecido tenía un cerco de menos espesura capilar justo en la coronilla. Hizo un gesto con la mano despidiéndose de su amigo, yo creo que con la certeza de que aquel adiós iba a ser el último.




lunes, 8 de junio de 2020

Volumen 30 de «Mi hija y la ópera»



ACTO II

Mi hija y la ópera

1

   Cabo de Palos, 2010

   Algo más de un lustro ha transcurrido desde que concluí el manuscrito. Mi vida ha evolucionado, ya no soy la misma Violeta de entonces, ahora puedo hacer gala de ser una persona equilibrada y madura sin ningún género de complejos. Quienes me conocen de antaño afirman que mi mirada infunde armonía y tranquilidad, nada que ver con mi vieja expresión tortuosa que inspiraba suspicacia y antipatía. Gracias a los ejercicios de meditación que practico a diario, y a la lectura de libros de filoso­fía oriental, he logrado un estado emocional casi imperturbable y proyectar una conciencia profunda a mi existencia. He conseguido vivir en un silencio que solo se rompe con el rumor de las olas y el sonido del viento que flamea las cortinas de mi casa cuando abro las ventanas de par en par aun a riesgo de que la madera del piano se deteriore con el salitre. La música está ahora en un segundo plano, aunque a veces escucho y describo pasajes operísticos con el único ser que es capaz de polarizarlos con suma fascinación, esa persona atiende al nombre de Andrés Rosique.
   La mañana del día de la Lotería de Navidad interrumpí el relato angustiada por los acontecimientos, acababa también de cesar, días antes, la escritura del diario que me había acompañado desde mi más tierna infancia. Derrumbada por todo lo que iba a acaecerme y de lo que supe después, arrinconé mi proyecto literario hasta que el tiempo lo olvidase para que solo las reminiscencias de mis sueños rescataran aquellas vivencias solo para mí. Un hecho ocurrido hace muy poco, y, en sí mismo, un digno argumento para continuar con esta historia, invita a que finalice como se merece la biografía de las tres primeras décadas de mi vida. Para ello es preciso que comience tal como acabó, en el día 22 de diciembre de 2004. Lo que sucedió desde aquel momento hasta hoy lo puedo narrar con tanta precisión que me atrevo a aseverar que incluso los diálogos son fidedignos. Tan solo necesito cerrar los ojos y recordar.

   Aquella mañana, la melodía tempranera de los niños de San Ildenfonso ahogaba la cocina. Marisa y yo debíamos contar a mi padre lo que le estaba sobreviniendo, una muerte segura constatada por el equipo médico que no le daba ni un año de vida. Antes de que él bajase de su dormitorio —ya había perdido la costumbre de ser el madrugador de la casa— yo cuchicheaba con su pareja, todavía no muy convencida de que aquello fuera lo correcto.
   —Marisa, de hoy no puede pasar, si no te atreves a participar lo haré yo sola.
   —Pero estamos en Navidad, vamos a pasarla juntos, en familia. Vendrán mis hijas, ¿qué quieres, caras tristes?
   —Para mi padre la Navidad nunca ha sido motivo de alegría, tú y yo no estaremos para celebraciones, y a tus hijas… poco debe importarles lo que ocurra, además, ¿es que acaso no están informadas?
   —Claro que lo saben. Isabel se ha estado preocupando por la salud de tu padre en estos días.
   —Yo no he recibido ninguna llamada —expresé todavía dolida por lo que nos había ocurrido en Nueva York.
   —Claro, porque ya habla conmigo, también me pregunta por cómo lo estás llevando.
   —¿Y qué le contestas?
   —Que tan mal como yo.
   Me alegró saber que Isabel se preocupaba de mi estado, aunque fuese en la distancia. No en vano estaba a dos días de volver a encontrarme con ella.
   —Nadie quiere morir —dije recuperándome de mi fugaz embelesamiento, y, como último argumento para convencer a Marisa, continué—: Aunque a todo el mundo le llega su hora, por eso, yo preferiría saber que tengo poco tiempo para no dejar ningún cabo suelto entre mis allegados y tener la posibilidad de despedirme de mis seres queridos. Y otra cosa más, desde que tengo uso de razón mi padre ha estado anhelando el instante en el que se reuniría con mi madre y con mi hermana.  
   Desbordada, por lo que hoy yo sé que estaba viviendo Marisa, comenzó a llorar desconsolada. El sospechoso susurro de nuestra conversación y los sollozos atribulados de su pareja quizá despertasen a mi mermado progenitor. Descendía cada uno de los escalones agarrado de la barandilla, llevaba unas antiguas pantuflas de invierno que casi nunca había llegado a usar y de las que ahora no se desprendía. Iba abrigado con una vieja bata que se hallaba destejida en la parte inferior por las mordeduras de mi dilecto perro que tanto he recordado en mi relato.
   —¿Qué os pasa, niñas?
   —¡Andrés! —exclamó Marisa con ojos mojados mientras se arrodillaba ante él.
   Ella enmudeció, los nervios me paralizaron a mí también.
   —No me digáis que nos ha tocado la lotería, ¿verdad? —comentó percibiendo nuestro bloqueo y el alboroto que emitía el televisor ocasionado por los ganadores de uno de los premios gordos.
   Estaba claro de que aquello no lo dijo muy en serio, él nunca ha comprado lotería, y Marisa y yo no tendríamos muchas participaciones y en todo caso serían pequeñas.
   —Mi amor —expresó trémula—, te estás muriendo.
   —¿Cómo? —preguntó con expresión sobrecogida.
   —Tienes cáncer —prosiguió Marisa,  sin sutilezas, con una valentía que yo no encontraba—. En varias partes del cuerpo, los médicos nos dijeron que con un tratamiento se podría haber intentado algo, pero tu negativa hace que sea imposible la curación.
   —¿Lo sabéis desde la semana pasada y no me lo habéis dicho?
   —Yo sí quería comunicártelo —confesé pávida.
   Mi padre tragó saliva procurando disimular el terror que dibujaban sus ojos. Marisa continuaba arrodillada y se abrazó a sus piernas en una postura que en otro contexto podría resultar grosera. Yo envolví con mis brazos a la pareja y con la voz entrecortada espeté:
   —¡Papi!
   Así estuvimos durante minutos, sin expresar vocablo. Marisa se había enhestado para mantener el estrujón en una posición menos incómoda. Ella y yo llorábamos abatidas mientras en la televisión anunciaban con alegría que en la localidad leridana de Sort había caído el gordo de Navidad.
   —Os tengo que decir unas cosas —anunció mi padre rompiendo el abrazo—: Marisa, mi dulce compañera, sabes que no quise casarme contigo porque quería que todo mi patrimonio fuera para mi hija. Tú tienes tus bienes y tu negocio. Espero que sigas contando con Violeta como tu principal colaboradora.
   Ella afirmaba con la cabeza.
   —Trata a mi hija como tuya. Te lo agradeceré siempre.
   —Andrés, sabes que eso está hecho, ahora descansa que no es momento para hablar de esto.
   —No, Marisa, sí lo es, no sé cuánto voy a durar, pero lo que sí sé es que estoy muy débil. He tenido una vida ajetreada, y aunque parezca que voy a morir joven, yo debería haber fallecido con Patricia y Susana aquella mañana. El círculo por fin se está cerrando, ya iba siendo hora de que acabase mi vida. Gracias a mi pequeña y a ti he prolongado mi existencia. Ahora tengo que despedirme y hacer las cosas bien.
   —Papá, tienes que luchar  —manifesté—. Yo todavía te necesito.
   —Hija, ¿sabes de lo que me estoy acordando ahora? Era una tarde, no sé de qué día, llevábamos poco tiempo aquí en esta casa, apenas tendrías cinco años. Vivía­mos tú y yo solos, algunas veces venía tu tía. Yo te odiaba porque te culpaba de todo lo malo que me sucedía, pensé que eras un castigo divino. Esa sensación de desapego hacia ti la sentí durante mucho tiempo. Aquella tarde había puesto Tannhäuser, casi en el final de la ópera aparece un fragmento que nos encanta: el Coro de peregrinos, comencé a bailar contigo en este salón que por aquella época estaba diáfano. Estuve dando vueltas con tu delgado cuerpo entre mis brazos y con tu pequeña mano agarrada a uno de mis dedos. Al son de la música me sonreíste, no lo hacías a menudo, me sorprendió tanto aquella manifestación de alegría que te grité emocionado: «¡Te quiero!». Varias veces te lo dije. A partir de aquel instante recuperé las ganas de vivir.
   Mi dubitativa expresión mostraba con claridad que no conseguía evocar nada de lo que me estaba contando, por lo que tuvo a bien continuar con su charla:
   —Aquel día supe que mi destino era protegerte, educarte y, sobre todo: quererte.
   —Has hecho todo eso con creces.
   La corazonada de que mi padre tenía preparado ese discurso desde tiempo atrás me sobrevino. Marisa no lograba contener el lagrimeo.
   —¿Qué quieres para desayunar? —le preguntó sorbiéndose las secreciones nasales.
   —Un café con unas gotas de leche para que no me dé acidez.
   Marisa salió hacia el jardín tras preparar el café, llevaba consigo un cigarrillo y su inseparable móvil. La seguí con la idea de fumar junto a ella pero me detuve por discreción a la conversación telefónica que iba a mantener cuando aprecié que dirigía el teléfono a su oreja. Esperé bajo el umbral de la puerta que estaba medio abierta para que no entrase el frío, exhalando el humo de mi pitillo en el resquicio para evitar que la casa oliese a tabaco. Percibí una delatora expresión cuando colgó el teléfono y se giró hacia la casa descubriéndome casi escondida bajo el marco de la entrada. Mi padre se había cambiado de ropa, se había vestido con unas rasgadas zapatillas de deporte, un viejo chándal con la chaqueta abierta que no ocultaba su recién estrenada camiseta de «I ♥ New York» que no me costó ni diez dólares.
   —¿Adónde vas? —preguntó Marisa adentrándose en la casa.
   —Voy a caminar, aunque sea un kilómetro.
   —Papá —intervine—, no reúnes las condiciones mínimas para andar y menos aún con el helor que hace esta mañana.
   —Ya no voy a mejorar, quiero dar mis últimos paseos por la zona, despedirme de los paisajes que me han acompañado media vida.
   —Ni hablar, Andrés —dijo Marisa—, no puedes salir porque yo no te puedo acompañar.
   —Saldré a caminar te moleste o no, de la misma manera que a partir de esta tarde voy a echarme un whisky. Los días, semanas o meses que me queden voy a disfrutarlos. Y si no os importa, me gustaría tener el televisor del salón para ver todos los deuvedés que pueda.
   Mi padre hacía referencia a nuestra imposición —más propia que de Marisa— de ver la televisión convencional, o sea, los canales que se emitían en antena y cuya programación él despreciaba. Franqueó la puerta a paso lento, el cielo estaba soleado y sin apenas viento, lo que apaciguaba un poco las bajas temperaturas. Marisa se fue tras él para persuadirle de lo majadero que estaba resultando con sus pretensiones de caminar solo, había dejado el paquete de tabaco, el mechero y el teléfono móvil junto a una mesita cercana a la puerta que, entre jarrones y figuras de porcelana, se lucían fotografías de las hijas de la pareja de mi padre. Observé con detenimiento la imagen de Isabel, aparentaba unos quince años, ya era atractiva a esa edad, ninguna semejanza con mi rostro volcánico en la adolescencia. De repente, el móvil de Marisa vibró, la pantalla indicaba la recepción de un SMS de Pedro. Advertí desde la ventana que ella seguía hablando con mi padre en el jardín. Cogí el teléfono, no para leer el mensaje corto que acababa de llegar (aquello me delataría), sino para ver a quién había llamado cuando salió a fumar minutos antes y cruzó una mirada de desconcierto al verse sorprendida con mi presencia. Eché un vistazo al registro de llamadas y eran las siguientes ordenadas por la más reciente:

-       Pedro Romero Gargallo
-       Isabel hija
-       Pedro Romero Gargallo
-       Ana hija
-       Violeta Rosique
-       Andres mi amor
-       Pedro Romero Gargallo
-       Julio asesor
-       Isabel prima
-       Pedro Romero Gargallo
-       Antonio Puche Arrixaca

   La conjetura de que con Pedro existía una estrecha relación iba cogiendo cuerpo, máxime, al constatar de que ni siquiera con mi padre se comunicaba tantas veces, incluso dejándolo casi todas las mañanas en casa para ir ella a atender su negocio. Deposité el móvil sobre la mesa justo en el momento en el que Marisa abría la puerta.
   —Tu padre está loco —dijo exasperada—, pero loco de remate, si se muere... allá él, te lo digo de verdad.
   —Marisa —contesté—, me parece que has recibido un mensaje en el móvil. Ha vibrado.
   Ella cogió el móvil, leyó el SMS y no exteriorizó nada.
   —Bueno, tengo que ir a mi tienda —anunció con entonación neutra.
   —¿Qué pasa, te espera Pedro allí, verdad? —inquirí.
   —Violeta, no me gusta tu tono, y no quiero pensar qué estás insinuando.
   —Marisa, el otro día, cuando estábamos en la consulta del médico, me dijiste que debías contarme algo muy grave y que no se lo confesara a mi padre. Tenía que ver con el fin de semana que estuviste con Pedro en Murcia.
   Ella me miró silenciosa durante unos segundos con ojos penetrantes.
   —Que sepas que la verdad puede doler —dijo tras encenderse un cigarrillo y arrimarme su paquete de tabaco—. ¿Quieres?
   —Sí. Lo necesitaré.
   —Como sabes —declaró exhalando intensamente—, Pedro nos iba a regalar a tu padre y a mí una entrada en el Romea para la noche del sábado que tú ibas a estar en Nueva York. Por las circunstancias que conoces, él no pudo ir y nos pidió a mí y a Pedro que fuésemos para no desaprovechar el regalo. La idea, Violeta, no era otra que la de ir a ver la representación y venirnos para acá de madrugada. Pero luego surgió esto:
   Marisa abrió su bolso y me ofreció una octavilla.

RECITAL DE POESÍA
VIERNES 10 DE DICIEMBRE DE 2004 / 21:00 h
Carlos Gargallo y José Martínez Giménez
Guitarra: José Ant. Frutos
CENTRO MUNICIPAL EL CARMEN
Alameda de Capuchinos, 32 – Sala Exposiciones – Murcia
ENTRADA GRATUITA

   —Sí, ya sé que fuisteis a un recital de poesía la noche del viernes —afirmé dejando la invitación sobre la mesa.
   —Ese tal Carlos Gargallo es el primo de Pedro, hablaron por teléfono y, aprovechando que íbamos a ir a Murcia, insistió en que asistiéramos a su recital de poe­sía. Te juro que lo vi inapropiado, no quería pasar una noche fuera de la casa sabiendo cómo estaba tu padre de mal, pero fue él quien me convenció, dándonos su beneplácito, para que estuviésemos la noche del viernes y aconsejándonos para que también fuera la del sábado, ya que íbamos a salir muy tarde del Romea y no quería que Pedro condujera de madrugada hacia Calasparra. Respecto a las dos noches del hotel nos salieron casi al mismo precio que si hubiésemos estado solo una, Pedro tiene un familiar como encargado en el Hotel Emilio y, por supuesto, asumió todo el gasto del fin de semana.
   —Pero ¿es que te piensas que a mí me importa quién haya asumido los gastos del alojamiento? He notado miradas muy extrañas, en ti, en Pedro y en mi padre, que es quien más me preocupa. Algo ha pasado, así que cuanto antes lo sepa, mejor —dije cruzándome de brazos a la espera de un argumento que me convenciese.
   —Sí, hija, algo pasó —admitió Marisa encendiendo otro pitillo—, y no puedes imaginar cómo me siento de culpable. Salimos el viernes por la tarde, tu padre se había quedado en el jardín, con su bata, diciéndonos que lo pasáramos bien. Yo le había preparado una serie de comidas que solo tendría que calentar en el microondas. Le estuve llamando durante todo el sábado y no cogió el teléfono, ni el móvil ni el de casa. Pensé que el móvil lo tendría sin volumen en algún sitio y que el otro estaría descolgado, o yo qué sé. Pero cuando llegamos aquí la tarde del domingo…
   Marisa realizó una pausa para desembuchar sin circunloquios todo lo que pretendía contarme y todavía no se había atrevido. Su mirada era pura franqueza, el nerviosismo quedaba patente en su manera de fumar. Temerosa del tono confidencial que se acrecentaba a cada palabra cogí otro cigarro.
   —Mira, Violeta, te pido por lo más sagrado que esto no salga de aquí, yo necesitaba contártelo, eso explicará por qué hemos estado Pedro, tu padre y yo tan raros y distantes. Al llegar aquí nos encontramos la casa abierta, grité el nombre de tu padre que no contestaba, subí a nuestro dormitorio y me encontré con una escena horrible.
   —¿Qué pasó? —balbuceé aterrada.
   —Lo habían atado de pies y manos. En las piernas una soga y en las muñecas unas esposas de policía que habían anclado a la pared desde varios puntos. Estaba desnudo, y tenía la boca tapada con un pañuelo que impedía que se oyeran sus gritos. En la pared había un texto pintado en rojo que decía: «El Leñador no es tan fuerte sin su hacha», que ocupaba todo el dormitorio. Tu padre no quería que yo entrase, con la mirada indicó a Pedro le quitara el anclaje de las esposas en la pared, tampoco dejó que le ayudáramos a limpiarse y vestirse. Me dio tanta pena…
   Aquella narración asedió cualquier esperanza personal de continuar con mi historia, y es por ello por lo que interrumpí el relato hasta los días de hoy. Conocer la humillación a la que había sido expuesto mi progenitor no solo me atormentaba, sino que una ingente cantidad de dudas comenzaron a asaltarme. ¿Cómo sabían que estaba mi padre solo en casa?, ¿volverían a atacarnos?, ¿acaso Pedro proporcionaba información? Para garantizar mi salud mental aparté de inmediato el pensamiento de que Pedro y Marisa tuviesen algo que ver con lo sucedido, si bien, las Navidades de aquel año llegaron con esas y otras incertidumbres con la única convicción de que, mientras un tal Andrew me «deshonraba» a miles de kilóme­tros, mi padre era ultrajado sin compasión por unos hijos de perra que jamás hubieran osado a enfrentarse a él si no fuera por su decrepitud. Por ventura, el destino me hizo un guiño, ahorrándome el mal trago de que hubiera sido yo quien se encontrase con mi querido protagonista en aquel espantoso escenario.