martes, 26 de mayo de 2020

Volumen 23 de «Mi hija y la ópera»


22

   Durante semanas evité presentarme en la tienda de Antonio. Él, sin embargo, no desistió en llamarme a todas horas, incluso con números de teléfono que no eran el suyo, en cuanto escuchaba su voz yo cortaba la comunicación. Suplicó mi indulgencia de todas las formas posibles, ofreciéndome solo amistad que era lo único que podía proporcionarme desde el principio. Pero en verdad, durante la madrugada del día de Navidad ocurrieron varios acontecimientos que me cos­tarían olvidar de Antonio: el primero fue no tener la valentía para poner remedio a las constantes burlas de sus primos; el segundo, la utilización irresponsable y vehemente de drogas; y el tercero, y sin duda el más importante, el de la consumación de un acto sexual que en su momento interpreté que rayaba lo inadmisible y que con el tiempo he considerado con certitud de que se trató de una violación. Era algo que jamás repetiría con él, me producía náuseas la sola idea de imaginarme su cuerpo sobre el mío. Según transcurrieron los meses, el rencor se fue convirtiendo en compasión hacia aquel individuo de actitud contumaz y terminé por devolverle el saludo, tan escueto como indefectible, evitando al no negarme en las salutaciones que me siguiera atosigando a súplicas.
   Abandonar la compañía de Antonio supuso renunciar a la consolidada relación que mantenía con mucha gente del pueblo y, en concreto, con la Peña de los Glóbulos Rojos. Personas a las que había cogido cariño y confianza cuyo apego sacrifiqué por impedir toparme con él gracias a los numerosos eventos a los que asistía. Dejé de salir por las noches y una sábana de tristeza recubrió mi desolada existencia, al punto de que estuve un año sin escribir el diario que me ha servido de guía para acometer este relato. No sería en todo caso por falta de tiempo.
   Marisa me convenció para que la ayudase en su negocio. Decía que mi talento para el arte no debía ceñirse al piano. Un sueldo que, al fin y al cabo, ella pagaba a alguien que vivía en casa. Con el dinero que obtuve en el primer trimestre, una buena cantidad que tenía ahorrada y lo poco que nos dieron por el viejo automóvil de mi padre, me compré un coche. A mi progenitor le pareció buena idea, raro en él, tal vez no comprendía muy bien el cambio de pesetas a euros que nos confundía a todos por aquel entonces o quizá comenzó a restar relevancia al valor económico de las cosas. El uso del vehículo sería, en principio, para compartirlo con mi padre, si bien él solía conducir el turismo de Marisa. Casi nunca salía de casa sin ella. En ocasiones yo cogía mi nuevo Ford verde para dar vueltas por el pueblo sin itinerario establecido. Decía que había quedado con amigos de la peña, era mentira, no quería que se preocuparan en casa. Deambulaba sin salir del automóvil para matar las horas, consumiendo combustible sin necesidad, como una perturbada serpenteando las bulliciosas calles de la localidad durante los fines de semana. Si me detenía en algún lugar era siempre en una zona poco concurrida y para comprar cigarrillos. Había adquirido el mal hábito de fumar como una estú­pida intentona para combatir la soledad y lo único que conseguí, además de engancharme al tabaco, fue tener un quehacer cuando conducía y de esta manera desocupar del volante alguna de las manos, creyendo así que aparentaría más naturalidad y no la estampa de una trastornada que callejeaba sin rumbo fijo por las travesías calasparreñas.
   Solo las tardes de domingo me mantenían en casa, mi padre había confeccionado un particular programa de óperas que abarcaba todo el verano. Seleccionó una docena de sus obras preferidas para disfrutarlas junto a sus amistades y acompa­ñadas de café, whisky, cerveza, palomitas… Conviene aclarar que la única amistad que mi padre y yo teníamos entonces era Pedro, el listo. Y por supuesto que acudió a cada una de aquellas vespertinas sesiones dominicales, casi siempre acompañado de una tal Soledad, una mujer de una pedantería tan extrema que no me extrañaría que acabara su existencia haciendo honor a su nombre. No era ni guapa ni fea, aparentaba estar en el ecuador de entre cuarenta y cincuenta, de pelo corto, gafas cuadradas y un sempiterno pañuelo en el cuello. De fuertes ideales, que a mi parecer es donde residía su mayor atractivo, aunque algunas veces su radicalismo era desquiciante. Era una acérrima vegetariana, yo creo que por un inconmensurable amor que profesaba a los animales más que por un cuidado nutricional. Su manera sublime de argumentar desmontaba hasta al mismísimo Pedro (deduzco que eran pareja por los gestos cariñosos que se regalaban cuando no discutían). Recuerdo con nitidez una conversación que mantuvieron sobre la tauromaquia; tanto, que ahora puedo transcribirla de memoria sin cambiar ninguna palabra de las que pronunciaron.
   —Es una salvajada —contaba Soledad— lo que llegan a hacer a un ser vivo con la infame excusa de ser una tradición en nuestra cultura. Es como si, por ser un rito ancestral, deja de ser abominable la ablación en algunos países africanos.
   —No me irás a comparar los toros con seres humanos —dijo Pedro creyendo que con eso iba a zanjar el debate.
   —Un animal no hace un espectáculo con la muerte de otro. La inteligencia de nuestra especie debería manifestarse en otras vías, justo en el campo contrario: preservar a todas las criaturas de la Tierra.
   —Los toros de lidia no existirían si no fuera por el hombre —rebatió—, además, hay que tener en cuenta que la vida de un ser humano se pone en peligro para exhibir con valentía todo el arte que lleva en sus venas.
   —¿Y para qué sirve que salven al toro de lidia?, ¿para que muchos nos avergoncemos de ser españoles por ser este, el espectáculo de la muerte de un toro, el estereotipo más famoso que tenemos en el mundo? Y no me hables de arte, porque nada se puede considerarse artístico si con ello va ligado el sufrimiento de un ser viviente. Arte es esto que acabamos de presenciar —dijo señalando a la pantalla que rotulaba el título de Carmen.
   No está de más decir que el diálogo solo se permitió porque ya había terminado la ópera y que tal vez fuese originado por el argumento de la obra. Mi padre, Marisa y yo, enmudecimos admirados por la vehemencia de aquella mujer que no le dolían prendas en adoptar un tono beligerante si la ocasión lo merecía. Ahora, con el tiempo, comulgo más que nunca con la opinión de Soledad, y creo que si hay que defender algo con pasión que sea por salvar una vida más que de lo contrario. Algunas veces Pedro venía a casa solo, bromeaba con que yo era su pareja, todavía tenía el recuerdo, aun habiendo transcurridos dos largos años, de lo que me había contado en el bar, respecto a lo que de joven sentía por Marisa y de las quiméricas pretensiones hacia Isabel, su hija. No le culpaba por aspirar a tal galardón, por utópico que fuese.

   La temporada operística casera se prolongó con una decena de títulos en otras tantas semanas. Fue en una de esas tardes de domingo, la del 5 de octubre de 2003, cuando recibí en el móvil una llamada de mi tía Laura. Noté cómo mi padre se sulfuraba cuando atendí el teléfono ahogando la armonía de la música de Häendel.
   —Violeta, tu abuela ha muerto —dijo mi tía como saludo.
   —¡Vaya! —respondí levantándome presurosa del sofá.
   Mi padre, Marisa y Pedro apartaron la vista del televisor para prestarme atención a mí.
   —De acuerdo, ahora hablo con mi padre y te llamamos en un rato para decirte a qué hora vamos —concluí antes de colgar.
   —¿Qué pasa? —preguntó mi padre preocupado ante mi grave expresión.
   —La abuela.
   Él no dijo nada, agarró el mando del televisor y bajó el volumen al aria Lascia ch’io pianga de la ópera Rinaldo que sonaba en aquel instante.
   —No sabía que estuviera tan mal —dijo Marisa llevándose las manos a la boca.
   —Siento mucho lo de tu suegra —expresó Pedro. Desconozco si «suegra» se pronunció con una pizca de malicia por estar la compañera sentimental de mi padre presente—. Perdón, la abuela de tu hija.
   —No te preocupes, amigo —contestó mi padre aceptando el lapsus línguae—. María tenía alzhéimer desde hacía mucho tiempo, era lo mejor que le podía pasar. Vivía ausente del mundo.
   —¿Qué hacemos, Andrés? —preguntó Marisa.
   —Nos iremos en un rato, nos quedaremos en un hotel porque la casa de Cartagena no está para que nadie pase la noche. Lo que tengo que hacer es venderla.
   —¿Y yo qué hago? —me dije ante las dudas de cómo proceder ante aquella situación.
   —Lo mejor será que vengas con nosotros en el mismo coche, pero si quieres te quedas en casa de tu tía al cuidado de tu primo.
   Diecisiete días le faltaban a mi padre para cumplir cincuenta. Parecía de más edad, el bienestar que le proporcionaba Marisa no ocultaba su cada vez más fatigado rostro. Siempre conducía él, no obstante, nos fuimos en el Ford Focus que yo consideraba como propio. A las nueve de la noche llegamos al Tanatorio Estavesa de Cartagena, el mismo donde se veló el cadáver de mi abuelo Emilio hacía más de una década. Durante el camino Marisa trató de animarnos, mi padre condujo más pensativo que de costumbre, yo creo que bombardeándose a preguntas. Nosotros ya hacía tiempo que habíamos perdido todo contacto con mi abuela, muchos años en los que la única información que teníamos de ella era suministrada por mi tía, nada relevante por lo general. En verdad solo vivía el cuerpo, ella murió paso a paso sin que nunca se supiera muy bien cuándo su cerebro se desconectó del mundo terrenal para siempre. Como por arte de magia, solo recordaba los escasos buenos momentos que me hizo pasar la madre de mi madre. En aquel instante tuve la convicción de que si no obró bien conmigo fue porque estaba muerta en vida, ya no solo por la enfermedad que había padecido durante décadas, sino por haber sobrevivido al fallecimiento de dos de sus descendientes en trági­cas circunstancias.
   La sala cuatro del tanatorio estaba abarrotada, nos costó acceder a aquel lugar atestado de desconocidos. Muchos de aquellos serían sin duda antiguos camaradas de mi abuelo que acudieron a dar el último adiós a la mujer de su amigo. El resto de personas inexpresivas que levantaban la vista cada vez que alguien se adentraba en la sala parecían ser profesores de Maristas compañeros de mi tía y subordinados de la multinacional donde trabajaba Alberto. Dominaba en cualquier caso una atmósfera distendida, protocolaria y sin ninguna manifestación de dolor, salvo en el caso de mi tía Laura que vestía de negro y tenía el rostro abatido. Su marido, del que dudo que conociera a mi abuela con lucidez, le infundía aliento envolviéndola con sus brazos. Me interesé por mi primo, se encontraba en casa con sus tíos paternos, a sus dos años y medio de edad ya era todo un energúmeno —comentó mi tía—. Alejandro no iría al velatorio: «Él no comprendería todo esto, por eso no queremos que esté aquí», alegaban con aquella frase que parecía estar convenida antes de que fuera pronunciada indistintamente por cada uno de sus progenitores.
   Observé que mi padre se dirigió a la cristalera que lindaba con el pequeño cuarto donde se encontraba el ataúd abierto que mostraba a mi abuela durmiendo en un sueño eterno. Noté que la contemplaba con extraordinario detenimiento, apreciando cómo se empañaba el cristal. Movía sus labios, mi padre le estaba diciendo algo en voz baja. Marisa y yo nos acercamos a él, nunca he sabido si advirtió nuestra presencia.
   —María —susurró retomando esa especie de plegaria—, ahí estás, yacente, descansando de este mundo para siempre, ya te habrás reunido con tu marido, tu hija y tu nieta. Ellas te esperan desde hace mucho tiempo. Dile a tu Patricia que, a pesar de lo que ocurra ahora en este mundo, la quiero para la eternidad; tiene que comprenderme, me dejó muy joven. Ojalá nunca se hubiera ido, o me hubiese llevado con ella. ¡La quiero tanto! Cuida también de Susana, mi dulce amorcito chiquitín.
   A mi padre, del que sé que no le tuvo demasiada estima, le brotaron dos lágri­mas; las mismas que a mí y a Marisa, aunque por motivos distintos. Con un beso a su mano que arrimó al cerco de su propio vaho se despidió para siempre de la imagen de mi abuela y abandonó cabizbajo la sala. Marisa y yo realizamos una leve reverencia hacia el féretro y le seguimos hacia el exterior para fumar un cigarrillo con tranquilidad. Laura y Alberto nos acompañaron.
   —¿A qué hora es el entierro? —preguntó mi padre a mis tíos.
   —Sobre las doce —contestó Laura aludiendo al día siguiente—. Se hará una misa aquí a las once.
   —Marisa y yo nos quedaremos en el Alfonso XIII —indicó mi padre refirién­dose al hotel—. Violeta quiere ver a su primo, como hemos venido en el mismo coche, la llevamos a casa y que ella se quede cuidando de Alejandro, porque seguro que estaréis toda la noche aquí.
   —Sí, Andrés —intervino Alberto—, de aquí no nos moveremos, por eso, si tú y Marisa queréis dormir en casa lo podéis hacer. Es lo menos que podría hacer por vosotros, acuérdate de cuando nos dejaste tu propia cama a mí y a Laura cuando éramos novios y a mí no me conocías de nada.
   —Gracias, Alberto, pero no nos quedaremos, quiero aprovechar esta visita a Cartagena para enseñarle la ciudad que me vio nacer a mi amada.
   Marisa, al lado, rechazó la mano de mi padre que buscaba la suya. Supe entonces que le habían apesadumbrado las palabras que este lanzó frente al cuerpo inerte de mi abuela.
   —Gracias por venir —dijo Laura a Marisa con ojos de gratitud.
   —No hay de qué. A fin de cuentas fue la suegra de mi pareja y la abuela de Violeta —explicó abrochándose una fina chaqueta de color oscuro para después apagar el cigarro en uno de los pivotes junto a la puerta que hacía las veces de cenicero.
   El aire húmedo de la ciudad de Cartagena nos hostigó de camino al Ford. Mi padre, como siempre, caminaba deprisa y un par de pasos por delante nuestra. Marisa y yo nos resguardábamos de las frías ráfagas de viento asidas la una de la otra. Me pidió que me sentara en el asiento del copiloto, ella prefería estar detrás. De camino a casa de mi tía, oí a Marisa sonarse la mucosidad con un pañuelo, bien podría ser por la humedad de aquella desapacible noche o por la temporada de resfriados que todas las personas que fumamos solemos iniciar con el otoño. No osé a echar la vista atrás y averiguar cuál podría ser la causa de aquellos sorbidos nasales por miedo a encontrármela entre lágrimas y no saber cómo consolarla, máxime, cuando el principal candidato de haber inducido aquel llanto era el que conducía el automóvil y que a veces se comportaba como un cretino.
   Tras un largo trayecto donde atravesamos buena parte del municipio llegamos a la majestuosa residencia donde vivía mi tía. Allí se encontraba uno de los hermanos de Alberto y su mujer que estaban al cuidado de Alejandro, un niño que ya sabría hablar y que apenas recordaría a su prima veinte años mayor que él. Me apeé del coche sin recrearme demasiado en la despedida, la controversia que pronto se iba a cernir en el interior del vehículo era palpable. No en vano, Marisa no flaqueó en su angelical actitud hacia mí y me dijo adiós regalándome una sonrisa mientras abandonaba el asiento trasero y se sentaba junto a mi padre.
   Como una forastera franqueé la puerta de la mansión. Los cuñados de Laura ya sabían de mi visita, solo los había visto en la boda de mis tíos. Me sentía extraña pretendiendo pernoctar en un domicilio que apenas conocía. Mi primo ya había sucumbido al sueño cuando llegué, no era demasiado tarde pero decidí preguntar por mis aposentos para descansar. Hasta la habitación de invitados —o mejor dicho, una de las muchas estancias que tenía la vivienda para tal fin— tenía cuarto de baño propio. Con las prisas no me traje muda de repuesto en el bolso de viaje, lo cual no fue óbice para tomarme un baño caliente. Me acosté imaginando el propósito de mi padre de mostrarle la ciudad a Marisa: el Submarino de Isaac Peral, la ensenada portuaria, la fachada de El Arsenal (cuartel donde hizo la mili), el Teatro Romano… Tal vez se adentrarían a la mañana siguiente en la casa de mi abuelo Pepe para enseñarle el lugar donde creció y un sinfín de planes ahora truncados por haber sido un bocazas, de pensar en voz alta sin evaluar las consecuencias. Yo, que nunca conocí a mi madre, y sin embargo quería a la persona que ocupaba el corazón de mi progenitor, no deseaba ni por asomo que un distanciamiento entre ambos pudiera suceder. Preocupada por esta idea acabé durmién­dome, arrasada por el cansancio.
   Al día siguiente llamé a mi padre para que no viniera a recogerme, ya me acercaría al tanatorio el hermano de Alberto que quería asistir a la misa. Cuando me encontré frente a Marisa me pareció distinta, de mirada renovada y sin ninguna mueca de rencor. ¿Habría conversado con mi padre?, ¿estarían reconciliados? Desconozco qué pudo haber pasado durante las horas que estuvieron a solas, pero estoy casi segura de que abordaron el asunto. Por nimia que pudiera resultar la cuestión, si Marisa le hubiera preguntado a su amado que si en una hipotética vida después de la muerte tuviera que elegir entre Patricia y ella, él no se lo hubiera pensado ni un instante. Yo no albergo la más mínima duda de que se decantaría por mi progenitora. Y no es baladí el asunto porque mi padre, a pesar de su declarado ateísmo, en sus ensoñaciones que jamás ocultó anhelaba una vida posterior con mi madre y con mi hermana, algo que el destino le sesgó un fatídico sábado de 1981. Y nadie, ni siquiera aquella sofisticada mujer de cabello rizado que había transformado a mi padre, mi casa y mis ideales, podía ocupar ese puesto en la eternidad.




Andrés, X

   Eran las diez de la mañana, del sábado 12 de septiembre, cuando el timbre del teléfono quebró el silencio del hogar. Llamaba el fotógrafo.
   —El marco lo tienes listo, puedes pasar cuando quieras.
   —A lo mejor vamos esta mañana —respondió Andrés—, ¿hasta qué hora estás?
   —Los sábados cierro a las dos. Por cierto, el retrato ha quedado precioso, parecéis una familia de postín.
   —No me extraña, con el tiempo que estuvimos posando hasta que pudiste sacar una foto decente… Esta mañana tengo un pequeño acontecimiento en casa, a ver si me da tiempo a recogerla y puede ser vista por toda la familia.
   La idea de celebrar una barbacoa aquel día, propuesta semanas atrás, no había sido del todo acertada, los preparativos no estaban ultimados y la ausencia de Lily durante los fines de semana se notaba. En pocas horas irían llegando a casa los invitados: el padre de Andrés, los de Patricia junto a su hermana Laura y los amigos del ma­trimonio, Paco y Consuelo.
   —Tenemos que comprar la carne y la leña —dijo Patricia.
   —¡Maldita sea! —exclamó Andrés— Con todos los árboles que tenemos aquí nunca más nos quedaremos sin leña. A propósito, ha llamado Ginés, ya tiene enmarcada la foto familiar que nos hicimos la semana pasada.
   —Muy bien, a mis padres les gustará verla.
   El diálogo fue interrumpido por Violeta que se despertó llorando. Después de amamantarla, y tras varios minutos tratando de sere­narla sin éxito, tomaron una decisión.
   —Uno de los dos se tiene que quedar con las niñas, vete y compra la carne y la leña —dijo Patricia.
   —Es que la carne no será de tu gusto, siempre que vengo de un mandado de este tipo, tú o tu madre me ponéis pegas, ¿por qué no vas tú y yo me quedo con las pequeñas? —el sollozo de Violeta arrastró a su hermana al llanto.
   —Con las dos así no me quedo —prosiguió Andrés—, llévate a Susana, que se porta mejor.
   Patricia aceptó marcharse con su hija mayor a Cartagena para recoger los encargos.
   —Enseguida venimos —dijo sacando el vehículo de la cochera con lentitud.
   —Ten cuidado con el coche que cuando tengamos el Mercedes este se quedará para tu uso, y  recuérdale a Susana que no debe levantarse de su asiento.
   —A ver si cuando venga ha dejado de llorar Violeta. Te quiero, mi amor —dijo Patricia elevando el cristal con la manivela.
   Andrés extendió las dos puertas de la verja. El llanto del bebé le enfureció tanto que no pudo despedirse de su mujer ni de su hija mayor.
   —¡Cállate ya! —gritó el padre a su pequeña.
   Estuvo mirando al automóvil hasta que salió de la finca, advirtió cómo Susana, desde el asiento trasero, siguiendo las instrucciones de su madre, se despedía con la mano mientras sonreía.
   —¡Adiós! —balbuceó risueña su primogénita.
   —Hasta ahora, amores —susurró él—. Hasta ahora.

   A la una y media de la tarde llegaron a la casa los padres de Patricia y su hermana. Andrés acababa de prender la barbacoa con la poca leña que disponía y dejó sonando el tocadiscos con un vinilo de populares fragmentos de ópera que escogía para los días que recibían visita. Su hija menor dormía en el cochecito, bajo el porche.
   —Está empezando a chispear —anunció Emilio tras salir del coche y encenderse un puro—, seguro que se nos fastidia la barbacoa. Menuda mañana llevamos, hemos es­tado una hora para entrar a la carretera de Tentegorra, había un accidente, un camión, me parece, que había explotado allá abajo, en el cruce. Entre guardias civiles, bomberos, ambulancias, curiosos… el tráfico era imposible.
   —Bueno, cae alguna gota, pero no creo que apague la barbacoa, tendremos suerte y no lloverá —dijo Andrés elevando la vista al cielo—, al menos sé que la tardanza de mi mujer y mi hija es por la retención del accidente, ya me estaba enfadando.
   —¿Dónde están mi hija y mi otra nieta? —preguntó María que observaba junto a Laura el plácido rostro de Violeta cuando dormitaba.
   —Eso le decía a su marido, que se han ido a comprar a Cartagena la carne y la leña, y de paso, a recoger la foto familiar que nos hizo mi amigo Ginés. Debería haber vuelto hace rato, pero sabiendo lo que se ha formado en el cruce… no me extraña que tarden.
   —¿Por qué ha ido mi hija que apenas sabe conducir?, y encima con la cría.
   —No sabe usted cómo se ha puesto Violeta. Ya que su hija sabía lo que había que comprar de carne, hemos decidido que fuera ella. Susana no se levanta del asiento hasta que el coche se detiene, es muy obe­diente.
   —La carne la podríamos haber traído nosotros —dijo María—, ¿ha ido a la carni­cería de Paco?
   —¿Paco es el de la calle General Mola?
   —Sí, ¡madre mía!, podría haberla comprado yo y traerla para acá, que vivimos al lado de la carnicería.
   —De todas maneras había que bajar a Cartagena, su hija siempre dice que nunca conduce —dijo Andrés nervioso ante los reproches de su suegra—. Alguna vez tenía que empezar a coger el coche.
   —Pero no con la criaturica atrás que puede distraerla.
   —Venga, María, déjalo ya —dijo Emilio creyendo que podría desencadenarse una discusión.
   —¡Mirad qué nube de humo se ve por ahí! —exclamó Laura señalando hacia el Este.
   Todos elevaron la vista a aquel punto y se dirigieron hacia la verja de la entrada debido a que los árboles de la finca impedían la visibilidad de aquella humareda que emergía a unos tres kilómetros de distancia. Un Seat 127 amarillo se aproximaba len­tamente a la puerta de la parcela.
   —Menudo accidente hemos visto —dijo Paco desde su vehículo con expresión consternada—. Un camión con un coche, que según han dicho algunos, se ha saltado un stop. El camión lo ha arrastrado a unos cincuenta metros del cruce y se ha quedado bajo la cisterna, después explotó, dicen que hay muertos, todavía estoy temblando. Sacadme una cerveza que se me pasen los nervios.
   —Mira que si le ha pasado algo a mi hija… —dijo entre dientes María con aparente in­quietud.
   —¿Qué pasa? —preguntó Consuelo que ya había comenzado a besar a todos los presentes.
   —Nada —explicó Emilio—, que estamos empezando a preocuparnos porque mi hija ha cogido el coche esta mañana temprano y todavía no ha venido. Seguro que no tiene nada que ver con el accidente, pero…
   —Paco —interrumpió Andrés—, ¿qué coche era, has visto algo?, ¿qué color te­nía?
   —No sé, estaba calcinado debajo del camión, había demasiada gente ahí, no se po­día ver mucho.
   —Voy a llamar a Ginés —anunció Andrés con rostro intranquilo—, a ver si han estado allí.
   —¿A qué Ginés? —preguntaron varios.
   —Al fotógrafo.
   —Si tuviera aquí el teléfono de Paco —lamentó María refiriéndose al carnicero—, le llamaría para ver a qué hora ha estado mi hija.
   —Voy a buscar el teléfono de la carnicería en la guía, mamá —dijo Laura.
   —No ha estado —comunicó al rato Andrés, saliendo agitado de su casa—, ¡que alguien me lleve al cruce!
   En ese instante de desasosiego colectivo apareció el vehículo de Pepe que se intro­ducía en la finca tocando el claxon. En su rostro atemorizado pudo distinguirse un resoplido de alivio al ver a Andrés en el exterior de la vivienda.
   —¡Llevo el susto metido en el cuerpo, hijo mío!, ha habido en el cruce de la carretera de Canteras un accidente gravísimo, con muertos, cuando me han dicho que el coche era un Seat 131 blanco pensé que podía ser el tuyo. No te puedes imaginar la alegría que me da verte. ¿Qué te pasa?... ¡Estás pálido!...
   Laura se asomaba desde la puerta de la casa sosteniendo la guía te­lefónica e informando que había encontrado el número de la carnicería. Se le des­plomó de sus manos al avistar un vehículo patrulla de la Guardia Civil que estacionaba junto a la verja. Dos hombres uniformados de verde oscuro cerraban las puertas del automóvil y se adentraron en la finca con palpable consternación. Ambos se cuadraron en cuanto advirtieron la presencia de Andrés que, amilanado por una fatídica noticia, apenas podía mantenerse erguido. La familia, expectante y atemorizada, enmudeció dejando que se apreciara la melodía proveniente desde el salón, el fragmento llamado Ebben, ne andrò lontana, de Catalani.
   —¿Es usted familiar de don Andrés Rosique Marín?
   —Soy yo —asintió temblando con un hilo de voz.
   —¿Es propietario de un Seat 131 blanco, con matrícula de Murcia, tres, uno…?
   Los últimos números de la matrícula fueron imperceptibles debido a las maldiciones y lamentos de los familiares y amigos que escuchaban a los miembros de la Benemérita. Él afirmó derrotado.
   —¿Quién conducía el coche? —preguntó el mismo agente.
   —Iban mi hija y mi nieta —musitó Emilio, advirtiendo cómo su yerno se arrodillaba sobre el césped del jardín.
   Los dos guardias civiles se miraron y asintieron con expresión de gravedad: «lo sentimos». La inefable secuencia que vino a continuación queda libre a la imaginación de cada uno. Con esto concluye, por ahora, mi contribución a esta obra. Estas palabras, insertadas en La hija del leñador, han pretendido arrojar algo de luz y dar sentido al fatídico pasado de la vida del padre de la autora. Aunque puede que esta historia no se publique nunca, pero eso en reali­dad poco importa: yo nunca me acordaré de ella.



lunes, 25 de mayo de 2020

Volumen 22 de «Mi hija y la ópera»



21

   Las duras palabras de los futuros yernos de Marisa cayeron como pesadas piedras, sepultándome e introduciéndome en un caparazón de desconfianza, comenzando otra etapa de aislamiento al mundo, y solo mi padre, Marisa y Antonio mantenían un contacto cotidiano conmigo. El recurrente pensamiento de la idílica imagen de Isabel me conturbaba, pero me sirvió para convencerme de que no estaba enamorada de Antonio, pensaba que mi relación con él no iba a sobrepasar la fase de algún esporádico beso en la boca al saludarnos y al despedirnos. Aunque, en ocasiones, él se acercaba a lo que yo podía considerar como un novio, desprendiéndole de la etiqueta de bruto que le había colgado. Había transcurrido un mes desde la visita de las hijas de Marisa y sus pretendientes a casa, tomábamos café en la misma heladería donde nos besamos en público por primera vez. En esta segunda ocasión, la desapacible temperatura del otoño obligó a que nos sentásemos en el interior, con la molestia de tener que soportar el jaleo de la clientela y todos los sonidos propios de una cafetería en plena actividad.
   —Antonio, dime la verdad, ¿por qué te gusta estar conmigo? —pregunté a sabiendas de que podía herirme con una respuesta sincera.
   —Pues, no sé, Violeta —contestó desprevenido—, hablas muy bien, sabes de to, y eso sin casi haber ido a la escuela, tocas el piano de una manera que salí de tu casa flipando. Mis amigos, los de la peña, dicen que tienes un embrujo misterioso y te envuelve un aura serena. Me gustas porque te tengo cariño y me comprendes. No to el mundo es bueno conmigo.
   Lo contemplé maravillada, en ese instante me pareció una persona encantadora con la que valía la pena compartir el tiempo, le sonreí sin decir nada hasta que me vi reflejada en uno de los espejos de las columnas del local, cerré la boca mecáni­ca­mente, ¡qué poco me gustaba ver aquella doble hilera desordenada de dientes!

   Las Navidades se presentaron de improviso, eran las primeras que celebrábamos con Marisa en casa, nos comentó que sus hijas nos visitarían para la Nochebuena. Antonio no podría venir para tal acontecimiento, como único hijo que vivía en Calasparra su deber era cenar con su madre. La compañera sentimental de mi padre se encargó de la ornamentación, todo lo que este le permitió. No estábamos acostumbrados a ver nuestro hogar lleno de luces de colores y de adornos dorados que disimularon durante un mes la tétrica y sobria decoración donde todo objeto debía tener una finalidad de uso.
   Las hermanas vinieron juntas la tarde del 24 de diciembre, Carlos Bonache no asistió; al igual que mi amigo Antonio, sus obligaciones familiares le impidieron viajar desde Murcia. El otro Carlos, el Zapata, ya había dejado de ser pareja de Ana al mes de que ella comenzara en la universidad, tal como su madre había presagiado. Cuando ellas llegaron ya se estaba preparando un copioso y suculento banquete: marisco, solomillo de cerdo, canapés con caviar —que mi padre, en su terquedad de llamarle a las cosas por su nombre, me corregía: «huevas de lumpo»—, y un largo etcétera. Una cena más laboriosa que lujosa, aunque en cualquier caso yo hubiese preferido una buena tortilla de patatas. Colaboré con Marisa en la distribución de la vajilla y de la cubertería sobre la mesa sintiendo que me comportaba como una cenicienta puesto que Isabel y Ana, con evidentes muestras de tedio, se postraron en el sofá para zapear frente al televisor los distintos programas en diferido que se emitían aquel día.
   Deseé encontrarme con un solo instante para estar a solas con Isabel y poder entablar algún diálogo que me diera pistas sobre su personalidad, pero no se dieron las circunstancias. Aquella atractiva chica y su hermana estaban más pendientes de que acabara la cena y de buscar un pretexto para salir pronto al pueblo y reunirse con sus viejos amigos que de permanecer en casa. Ataviadas con elegantes vestidos negros, arropados con bellos abrigos, las dos hermanas salieron a las doce de la noche en búsqueda de diversión. Me planteé llamar a Antonio que me había contado días antes que tenía pensado quedar con sus primos de Cehegín para salir de copas por Calasparra después de la cena, propuesta a la que fui invitada y que por supuesto decliné. Aferrándome ahora a la que era la única alternativa para no acabar la velada junto a Marisa y mi padre, viendo la aburridísima televisión que ofrecían los canales aquella madrugada, quemé el último cartucho y marqué el móvil de Antonio hasta que, al quinto o sexto intento, atendió la llamada.
   —¡Feliz Navidad, Violeta! —contestó eufórico, mientras se escuchaba al otro lado del auricular unas cuantas voces que le jaleaban. 
   —¿Dónde estás?
   —Estoy en el aparcamiento.
   Se refería a un sitio que se encontraba fuera del núcleo urbano y cerca de una nueva zona de locales nocturnos.
   —¿Puedes recogerme y me tomo una copa con vosotros?
   —Es que… estoy con mis primos. —Se excusó, recordándome que se hallaba junto a los cehegineros que tan mala prensa tenían entre nuestras amistades de la peña.
   —¿No habrá ninguna chica entre tú y yo? —pregunté para presionarle, importándome bien poco que poseyera alguna relación paralela.
   —¿Qué… qué dices? —tartamudeó.
   Ya conocía a Antonio lo bastante como para saber que si tartajeaba, indicaba dos posibilidades, por nerviosismo o por ir borracho. Aquella noche concentraba ambas condiciones. Tardó un largo tiempo en llegar. Mi padre y Marisa, desconcertados por la hora en la que informé que me marchaba de casa, procuraron persuadirme con que no valía la pena salir tan tarde. Y es que, hasta ese día, Antonio me solía dejar sobre las dos de la madrugada, casi a la misma hora a la que vino a por mí. Ojalá no hubiera desoído los consejos de aquella pareja que disfrutaba de un cava en el sofá apelando al sentido común. No me sentí molesta como otras veces en las que se ponía en duda mi madurez, tenía en la mente un gran objetivo que ni siquiera era el de presumir de amistades para disfrutar de la Nochebuena, sino el de cruzarme con Isabel por alguna de las calles de Calasparra.
   —Es una locura que salgas a esta hora —insistió mi padre con voz adormilada al escuchar el coche de Antonio y su despreciable música.
   —Con esa falda vas a pasar mucho frío —advirtió Marisa.
   —Es que es la única falda decente que tengo, no me voy a poner pantalones hoy —conviene aclarar, que el término «decente» para referirme a la falda lo empleé como sinónimo de adecuada porque, desde luego, no era muy decorosa.
   —Ten mucho cuidado, hija. Llévate el móvil —respondió mientras se acunaba en el vientre de su amado.
   Aprecié que ella mostraba más preocupación por mi seguridad que con sus propias hijas. Tampoco me extrañaría que su intuición femenina le advirtiera de que algo muy peligroso iba a sucederme. Antonio mascaba chicle desde el interior de su Ibiza, su mirada no me infundía la más mínima confianza, le pedí que bajase el volumen de la música, que podría resultar molesta a los habitantes de mi casa y para mis vecinos que seguro que la escuchaban en la distancia.
   —¿Dónde has quedado con tus primos? —pregunté una vez cogíamos la carretera hacia el pueblo.
   —Siguen en el aparcamiento, hasta que no acabemos con las botellas no nos vamos a ningún bar.
   Entre los quince que, grosso modo, formaban el grupo de cehegineros, tan solo iba una chica, la novia de un tipo al que le llamaban el Sartenes, apodo que tiene su origen en que de adolescente trabajó en una hamburguesería. Me arrimé a ella por el simple hecho de encontrar como afinidad el que hubiera nacido mujer, sobre todo a partir del momento en que comencé a notar que Antonio se desperdigaba de mí con frecuencia entre los automóviles de sus amigos. La acompañé después a un pequeño bar cercano donde nos dirigimos para ir al baño, ella ya mostraba síntomas de embriaguez, como el resto de la tropa. Antes habíamos atravesado toda la explanada llena de turismos aparcados con los maleteros abiertos y la música sonando con fuerza, las cuales se mezclaban según franqueábamos los grupúsculos que rodeaban la parte trasera de los vehículos en cuyo interior se hallaban bolsas de hielo, vasos de plástico y botellas. Algunos chicos nos lanzaron piropos, que irían destinados a esta chica que ni de lejos podía parecerse a Ana, la hija de Marisa; y mucho menos a Isabel, a la cual me pareció ver en numerosas ocasiones cada vez que me topaba con alguna espalda femenina que tuviera su mismo cabello moreno y largo, con la frustración de que, siempre, se trataba de otra joven.
   Cuando llegamos de nuevo al lugar donde estaban estacionados los vehículos, entre carcajadas, escuché lo siguiente: «A ver si con tu amiga dejas ya de pajearte». Aquella frase iba dirigida a Antonio y fue vociferada por uno de sus primos que tenía la particularidad de propinar una estruendosa palmada en la espalda del tendero cada treinta segundos. No me sorprendí, en cualquier caso, por aquel dato que tal vez haya exagerado al rememorarlo, lo que sí me maravilló fue la impasibilidad de mi amigo que, estando yo como testigo, no efectuaba gesto de que le molestara que, a cada momento, le recordasen su fama de onanista. Incluso cuando sus propios primos se dirigían a él como «Pajillero» parecía inmutarse. «Menuda panda de intelectuales», murmuré. Procuré ignorar aquellos comentarios ansiando que pronto se terminase el alcohol y nos fuésemos al calor de los locales de copas. Anhelaba sobre todo coincidir con Isabel, a ella nunca la encontraría en un descampado atestado de borrachos y coches tuneados.
   —Paji —dijo el de las palmaditas—, ¿te acuerdas cuando saltemos la valla de la Paquita pa verla cagar?
   Antonio asentía sonriendo, mudo y pletórico de euforia. Al contemplarlos deduje enseguida lo sumiso que era mi amigo con ellos, por eso comprendí que no insistiera demasiado en que coincidiese con sus primos de Cehegín. Qué diferencia entre la versión pusilánime que estaba presenciando de Antonio aquella noche, respecto a la actitud bizarra que adoptó cuando procuró defenderme con porte de boxeador ante las amenazas de Juan en el santuario. Fue evocar aquel incidente de agosto y, como si lo hubiera llamado por telepatía, apareció de frente, todavía a lo lejos, la figura de Manuel, el Nazi, cuyo enorme contorno pude vislumbrar a varios coches de distancia. Se encaminaba hacia mi ubicación con un andar característico que le confería incluso más pavura. Me quedé inmóvil, creyéndome protegida por la compañía que formaba aquel hatajo de bebedores, entre los que se encontraba Antonio, al que no le advertí de la cercanía de aquel tipo por miedo a que se sintiera envalentonado por la presencia de su séquito y quisiera atemorizar a Manuel. Por ventura, el Nazi transitó por nuestra zona sin reparar en mí. Se dirigía hacia unos contenedores para orinar, tan solo estábamos de paso hacia su destino final. Salimos, por fin, un buen rato después, llegamos a un pequeño garito regentado por un conocido de Antonio que abarrotamos en cuanto nos adentramos toda la comitiva. Bebían chupitos y otras variedades de alcohol al mismo ritmo frenético con que fumaban.
   —¿Conoces a la Reme?, es la novia de mi primo el Sartenes —me dijo Antonio por tercera vez en esa noche.
   —Sí, claro que la conozco, hemos ido juntas al baño unas cuantas veces.
   —Es pa que te integres, que te veo muy apartá.
   —Vais todos muy raros.
   Una hora más tarde abandonamos el local, pretendíamos marcharnos hacia otra zona del pueblo, era preciso coger de nuevo los automóviles. Intenté decirle a solas el inapropiado comportamiento que sus primos tenían hacia él y, sobre todo, lo extraña que me estaba resultando la velada; como cuando me despistaba: y se «escapaba» fuera o al baño y desaparecía varios minutos.
   —¿Por qué no arrancas? —pregunté con cierta curiosidad a Antonio, más ocupado de extraer la cartera de su chaqueta que de mover la llave del contacto.
   Echó su asiento hacía atrás para dejar espacio entre sus articulaciones y el salpicadero, pasó su mano por encima de mis desarropadas rodillas, las aparté en un acto reflejo, no buscaba mis piernas sino la guantera, sacó la carpeta donde debían de custodiarse los documentos del vehículo y la situó sobre sus muslos, escogió una de las tarjetas de crédito de su portamonedas donde también extrajo una pequeña bolsa con un contenido blanco, deslió el diminuto alambre verde que la mantenía cerrada e introdujo la esquina de la tarjeta para volcar una exigua parte de aquella sustancia en la carpeta de Seguros Zurich que se hallaba con restregones blanquecinos sobre el oscuro plastificado.
   —¿Quieres una raya? —me preguntó sin levantar la vista, ignorando mi estupefacta expresión.
   Abandoné el coche sin responderle, no quería presenciar cómo esnifaba cocaína. Aguardé fuera unos instantes, no podía marcharme ni molestar a mi padre a las cuatro de la madrugada. Muerta de frío e impaciencia esperé a que terminase, rogando que no apareciera la policía por algunas de las bocacalles adyacentes. A él poco parecía importarle el riesgo en aquel instante, mantenía esa especie de acto ceremonioso en silencio desde el interior de su automóvil. Un primo suyo se acercaba al coche, le di dos golpes en el cristal para advertirle de la cercanía del familiar, a lo que miró hacia el espejo retrovisor y prosiguió con su ritual sin inmutarse. Ingenua de mí, que creía en ese momento que él estaba consumiendo a escondidas de todos, y yo era la única del grupo que no había probado la coca. Incluso Reme, con la que había confraternizado en las últimas horas, iba drogada.
   —Hazme una, primo —fue lo único que pronunció aquel tipo que se sentaba en el asiento que yo había desocupado por vergüenza.
   Acabamos la noche en un local cercano a la subida del santuario, con un poco de fortuna me acercaría pronto a casa. Entré por no permanecer sola en el vehí­culo, aunque mi desgana se fulminó en cuanto vislumbré en el interior de la discoteca a las hijas de Marisa cortejadas por un cuantioso número de varones. Isabel bailaba con el garbo que cabría esperar de una persona así, sorteando con elegancia a una serie de apuestos jóvenes que merodeaban en rededor con el vano propósito de flirtear con ella. La contemplé en la distancia, embelesada, con un silencio en mi interior que hacía indiferente la atronadora música que ahogaba la sala. Ana me hacía aspavientos a su lado y se acercaron las dos hermanas a saludarnos a mí y a Antonio cuyos ojos brillaban con el mismo fulgor que los focos psicodélicos de la pista.
   —¡Qué suerte!, tienes a tu novio cerca —me gritó Isabel al oído, sosteniendo un vaso de tubo en una mano y un cigarrillo en la otra.
   Meneé la cabeza con gesto afirmativo con una mueca que se acercaba a la sonrisa, aunque creo que me delataba una expresión de preocupación que no sabía disimular. Estuve a muy poco de suplicarle que me llevase a casa, pero entonces dejaría en mal lugar la situación con la que me encontraba de carambola; de ser una triunfadora acompañada por su novio (por estúpida que pareciese su danza frente al altavoz) a una desesperada que buscaba que alguien le acercase a su domicilio ante la deplorable disposición de su pretendiente.
   —¿Te pasa algo, Violeta? —chilló junto a la oreja.
   —No tengo costumbre de trasnochar, nada más —vociferé afónica a Isabel.
   Retorné al grupo donde se encontraba Antonio, estuvieron bailando como estú­pidos hasta adueñarse de la pista. Pasadas las seis de la mañana, y con el estómago atiborrado de bebidas energéticas, imploré que alguien de la pandilla me llevase a casa. Antonio decidió trasladarme. Permanecimos callados todo el camino, el silencio en este caso era incómodo. Cuando viró hacia la subida del santuario, en dirección a mi morada, redujo el estrepitoso volumen de la radio, de repente, torció el vehículo en un camino anterior a la senda que desembocaba en mi ansiada residencia. Creí que, con aquella parada, buscaba disculparse sobre su injustificable comportamiento valiéndose de la calma que nos brindaba la soledad y la hermosura del crepúsculo matutino en el horizonte. Pero lejos de pronunciar palabra se acercó a mí y me besó con violencia en los labios.
   —Ahora no, Antonio, estoy agotada. Llévame a mi casa, por favor.
   Sin decirme nada se abalanzó sobre mí, reclinó con destreza el asiento donde me encontraba y empezó a besarme el cuello, poseído. Intenté defenderme, pero mi esquelético cuerpo poco podía hacer ante su corpulenta complexión. Colérico y desbordado de incontenible energía levantó mi falda mientras sujetaba mi cintura con su otro brazo. De inmediato se bajó la cremallera de su pantalón y deslizó sus calzoncillos para agarrar su miembro con los dedos. Era imposible que pudiera sucederme esto —pensaba aterrada—, jamás imaginé que fuera a perder mi inocencia de aquella manera. Desplazó mis bragas hacia un lado tratando de introducir su órgano genital, consiguiéndolo después de atroces intentos. Nunca había tenido un coito hasta entonces, pero conocía lo suficiente de sexualidad como para saber que su falo no estaba del todo erecto a pesar de la ominosa excitación que revelaba su rostro. Anquilosada por el pánico y el estupor solo pude corresponder con un fugaz beso por miedo a que aquella agresión empeorase e incluso peligrara mi integridad física. Después ya no sentí fricción en mi vagina pues le sobrevino el orgasmo a los pocos segundos —que en aquel momento consideré eternos—. Inició un sonido agudo que emitía con sus dientes y su lengua a la vez que me miraba con ojos endemoniados. Su cuerpo se sacudía sobre el mío mientras eyaculaba con una expresión final que se hallaba entre la rabia y la frustración. Se incorporó a su asiento, arrancó el automóvil y pulsó los elevalunas para bajarlos y eliminar el vaho de los cristales.
   —Perdóname —fue lo único que articuló hasta que me dejó en la puerta de mi parcela.
   Me adentré en casa después de una noche lamentable que tuvo como colofón aquel aciago suceso. Estaba temblorosa de frío y miedo, con el llanto contenido me dirigí con sigilo hacia el baño para ducharme y limpiarme el semen que se había agrumado entre mi vello púbico y ropa interior. Los rayos de sol ya iluminaban las habitaciones y no quería despertar ni a mi padre ni a Marisa que todavía dormían ajenos a mi terrible experiencia. Me acosté confundida por tener imprecisa la línea de hasta dónde debe llegar una pareja con la que se mantiene una relación durante meses, o si de algún modo, acontecimientos de aquella índole tenían alguna justificación si el que los realizaba era una persona a quien se consideraba como «novio». Un profundo resentimiento nació a partir de aquel momento hacía el que era mi pretendiente, amigo y confidente, que en un estado de absoluta ebriedad me desproveyó de la virginidad y de la ya exigua dignidad que albergaba mi ser.



Andrés, IX

   Un jueves, 19 de febrero de 1981, vino al mundo Violeta. Era una mañana nublada que descargó lluvia con la misma rabia que el llanto de la niña al ver la luz. Ella no nació con la rebosante salud de Susana, por lo que poco después de haber salido de las entrañas de su madre fue trasladada a una incubadora. Andrés quedó impresionado cuando vio a su pequeña, de menos de dos kilogramos, dentro de aquella jaula transparente, rodeada de tubos y cables. Una mancha facial cubría la mitad del rostro cercando con un color rojizo oscuro todo el ojo izquierdo.
   —Doctor, ¿qué le pasa a mi hija?
   —Tiene un cuadro de insuficiencia respiratoria, ictericia y…
   —Me refiero a la cara —interrumpió.
   —Es muy probable que sea un hemangioma capilar congénito. Para que usted me entienda: una mancha de vino.
   —¿Y eso, se le quitará?
   —Señor Rosique, créame, ese no es el mayor problema que tiene ahora mismo su hija.
   Lily se había quedado al cuidado de Susana. Cuando llegó Andrés del hospital preparaba café atendiendo la visita de la madre y la hermana de su mujer que acababan de llegar para interesarse por el parto.
   —Ha sido niña —anunció Andrés mientras se desprendía del abrigo—. Patricia está bien.
   —Otra hembra más en la familia —dijo la abuela—, ¡desde luego…!
   —Entonces, ¡se llamará Violeta! —exclamó Laura— ¿puedo ser su madrina?
   —Ya tienes como ahijada a Susana —respondió Andrés abatido.
   —¿Ocurre algo, señor? —preguntó Lily.
   —Está en una incubadora, los médicos me han dicho que me espere lo peor.
   Un silencio profundo se apoderó del salón, tan solo el alegre balbuceo monosilábico de Susana que jugaba serpenteando entre las piernas de los adultos, con un peluche en la mano, rompía el clima enmudecido de la casa «ma-ma-ma…». Tres domingos transcurrieron hasta que dieron el alta a Violeta y, en cierto modo, a su madre, que solo se ausentaba del hospital para asearse, estar unos minutos con su hija mayor y descansar lo justo para no desfallecer. En las numerosas visitas de amistades y vecinos que recibieron en casa una frecuente pregunta y siempre la misma respuesta por parte de los padres:
   —¿Y esta manchica que tiene en la cara?
   —Se le irá quitando poco a poco, con el tiempo.

   El trabajo que requería Violeta obligaba a que Patricia le pidiese a Lily que se cen­trara en el cuidado de sus hijas, dejando en un segundo plano las tareas habituales del hogar. «Os ha salido una soprano por escuchar tanta ópera», decía la niñera cuando el bebé chillaba. Solo su tía Laura, de catorce años, poseía el don de apaciguar a la pequeña de la casa. Ella, que se quedaba algunos fines de semana proporcionando cobertura a las libranzas de Lily, no puso objeción alguna cuando su hermana demandó su presencia a todas horas durante la época estival. Cierto día de aquel verano celebraron en casa el cumpleaños de la abuela María. La familia estaba de ter­tulia con vaporosas tazas de café sobre la mesa.
   —Andrés, ¿sabéis ya quiénes van a ser los padrinos de Violeta? —preguntó su suegro mientras se echaba una copa de coñac.
   —Patricia y yo hemos decidido que sean Paco y Consuelo.
   —¿Paco es al que tenéis en Murcia?
   —Sí.
   —¿Y qué dicen?
   —No se lo hemos dicho todavía, el cura nos ha puesto fecha para octubre. He pensado en quedar con ellos y comunicárselo el primer sábado de septiembre. Con la excusa podríamos hacer una carne, espero que puedan venir ustedes también.
   —El primer sábado de septiembre no podemos —dijo Patricia— ¿no te acuerdas que quedaste con Ginés, el fotógrafo, para hacernos una foto en su estudio?
   —¡Ah, sí! —respondió Andrés que se encaminaba hacia el almanaque situado en la co­cina; desde allí continuó—: Pues entonces el sábado siguiente, el 12 de septiembre, ¿os parece bien una carne a la brasa?
   Todos asintieron.
   —Y hablando de fotos, voy a por la cámara, y a ver si alguien se digna a sacar la tarta.
   Andrés fotografió a la familia cuando coreaban «cumpleaños feliz», en el instante en que su suegra soplaba las velas y durante la entrega de regalos que por parte de sus hijas y su marido fue recibiendo. Susana, fiel a la tradición, exigía también un paquete de colorines.
   —Por favor, don Emilio, coja la Polaroid —dijo su yerno.
   El abuelo realizó una instantánea cuando Patricia le entregaba el regalo a Susana, ambas se miraban sonrientes, Andrés aparecía tras ellas, alegre, con una mano sobre la espalda de su mujer y con la otra abrazando a su hija de dos años y medio que, rebosante de felicidad, aceptaba la caja envuelta en un papel festivo. Violeta, a la izquierda de su hermana, sorprendida por el flash, fue la única de todo el salón que miró de frente a la cámara.