sábado, 18 de abril de 2020

Volumen 4 de «Mi hija y la ópera»



3

   Tendría ocho años cuando ocurrió lo inimaginable. Era una mañana de sol radiante y cielo azul, embellecido por un enérgico viento que hacía silbar los grandes árboles de nuestro jardín. Un técnico acudió a casa a revisar el cableado, no recuerdo si del teléfono o de la electricidad. Mi padre tuvo que dejarle abierta la «habitación prohibida», que así era como denominaba a la sala, cerrada con llave, del final del pasillo de cuya baranda asoma la escalera y colinda con el dormitorio principal. Sentí una indescriptible necesidad de curiosear en la habitación cuando vi entornada la puerta. Permitía pasar un halo de luz blanca, en la vida había visto que una sala fuese tan luminosa. Con la garantía de que la voz de mi padre, conversando con el técnico, resonaba desde la planta baja, aproveché el descuido y atravesé el umbral. Lo que me encontré en el interior nada tenía que ver con lo que siempre había oído. El cuarto parecía recién pintado, no como el resto de las paredes de la casa, un par de grandes ventanas abiertas que exhibían unas vistas inigualables del pueblo y la montaña, y unas esplendorosas cortinas, confeccionadas con una tela fina, casi transparente, que ondeaban con furor.
   Me sentí molesta de que mi padre me mintiera y negara el acceso a la habitación más radiante y pulcra de nuestra residencia, cuya fragancia evocaba a flores; las que cada mañana, bien temprano, recolectaba en el jardín. Había una cantidad ingente de retratos, algunos colgados, otros sobre una mesa junto a un joyero. Un armario medio abierto en el que asomaba ropa de mujer. Aunque lo más espectacular era un marco que presidía uno de los tabiques con una pintura al óleo con la imagen de mi hermana Susana. Aparentaba un año y medio de edad, era bellísima, sonreía sentada, llena de vida y futuro. En otra pared, una foto enorme donde aparecíamos los cuatro: mi padre, mi madre, mi hermana y yo; vestidos de blanco y con la piel morena. Me reconocí con facilidad, a pesar de ser un bebé de pocos meses, mi mancha y facciones picassianas me delataban. Susana me sostenía ejercitando un gran esfuerzo con sus brazos; en cuclillas se mostraba mi madre, de rostro lindo y sereno, que nos mantenía en equilibro desde atrás; mi padre, joven y afeitado, irreconocible en la imagen, estaba de pie, con una mano apoyada sobre el hombro de mi madre. Brotaba la felicidad en aquel cuadro, incluso yo lucía una mueca sonriente, algo a lo que mis labios no están acostumbrados. Escuché que mi padre subía los escalones y por miedo a represalias hui deprisa. Por suerte, repasaba la nota entregada por el técnico y no advirtió que abandonaba la habitación prohibida hacia su dormitorio. Se apresuró cuando descubrió la puerta abierta de su vedado templo y al ir a cerrarla me sorprendió sentada sobre su cama.
   —¿Qué haces?
   —Nada —murmuré dirigiendo la mirada al techo.
   —Eso es imposible, y menos una niña como tú que no está quieta nunca. Miedo me da oírtelo decir, que no haces nada. Anda, sal de aquí y ponte a tocar el piano, que hoy todavía no te has puesto. Dentro de poco tendrás un profesor que va a ser más exigente que yo, que te dejo hacer todo lo que te da la gana.
   No comprendía muy bien por qué mi padre mantenía clausurada aquella sala, la cual sería adecentada durante las horas que yo estaba en el colegio. Ha­bía creado un santuario de imágenes y recuerdos de toda su vida hasta la tragedia. ¿Aquellos objetos que atesoraba apartados del resto del hogar, obedecía a una especie de locura?, ¿los mantendría lejos de las estancias habituales para evitar que se removieran sus más dramáticas remembranzas?, ¿acaso quería impedir que me comparara con la apariencia de mi hermana? Con estas reflexiones y con la memoria imborrable de aquellos rostros, hasta entonces casi desconocidos, fui creciendo. Por temor a la reacción de mi progenitor no hablé de lo que me encontré allí, tiempo después me atreví a contárselo a mi tía Laura, la única confidente de mi niñez.

   Mi padre soñaba con que me convirtiera en una gran pianista y él se veía limitado para seguir impartiéndome clases. Tras meses de búsqueda encontró al que, durante años, se convertiría en mi profesor de piano y, más tarde, de la vida, transformándose en mi amor platónico. Su nombre: Daniel García Torrente. Dani era un chico de dieciocho años, músico de conservatorio, culto e inteligente; en su frente, ya en aquella edad, galopaba una prematura calvicie. Con sus eternas gafas de sol graduadas, redondas al estilo John Lennon, que incluso llevaba puestas en el interior de nuestra oscura casa con la excusa de que no le agradaba el diseño de la montura de sus gafas de ver, en concreto, por la cinta aislante que recubrían las patillas, según decía, como consecuencia de su torpeza o de las constantes agresiones a las que se veía sometido por la «chusma», que el mismo aclaró como envidiosos vecinos de su edad y ex compañeros de clase del instituto, que verían en aquel chico, enjuto y falto de gallardía, el sumo de la pedantería. Las habladurías del pueblo decían que su padre, un músico frustrado, invirtió los escasos ahorros que le había dejado su adicción a los opiáceos para que estudiase violín o piano, suicidándose por ahorcamiento cuando su hijo era todavía un niño. Dani vivía con su madre gracias al dinero proveniente de las fábricas de conservas, propiedad de su familia materna. Su tarjeta de presentación fue memorable, y tal vez en ese primer instante me enamoré de él. Ocurrió un sábado:
   —Hola, Violeta, me ha dicho tu padre que sabes tocar muy bien el piano, pero que debes aprender un poco más para que te conviertas en una célebre artista y, que, después, tienes que darle lecciones a él con lo que yo te enseñe. —Hizo una pausa mirándome el rostro con fijación—. ¡Caramba, tienes una mancha de vino en la cara! Eso te confiere un aspecto interesante… enigmático… Sabía que me iba a encontrar con alguien especial cuando una niña de ocho quería aprender piano y, aun así, me he sorprendido gratamente, ¿me das un besito, preciosa?
   Negué con la cabeza, más por la mezcla de vergüenza e incredulidad que causaban aquellas cariñosas palabras que por desprecio. A excepción de la señorita Bermejo nadie ajeno a mi familia era tan amable conmigo.
   —Bueno, os dejo solos —dijo mi padre—, que si tocas el piano igual que adulas… convertirás a mi hija en Chopin.
   —De acuerdo, don Andrés, por cierto, ¿puedo correr las cortinas? —preguntó abriendo una carpeta repleta de partituras—, es que con estas gafas necesito luz.
   —Puedes hacer lo que quieras, como si te quieres tomar un café o echarte una cerveza. La casa es tuya. Y no me hables de usted que, a pesar de ser viudo y tener esta apariencia, tengo treinta y seis años.
   —De acuerdo, y gracias. Mejor me tomaré un café que si tomo cerveza a estas horas de la mañana no atino con la clase, si ya soy torpe sin beber alcohol, imagínese, señor Andrés, si bebo —dijo Dani silenciando la casa con una entrecortada carcajada nasal que fue interrumpida cuando la mitad de las hojas que había dejado sobre el atril del piano cayeron al suelo en todas direcciones.
   Mi padre abandonó el salón con una mirada que reconocía y con la que encadenaba una de sus frases: «a este chaval le falta un hervor» que, por suerte, renunció a compartir en ese instante. Con el tiempo pensé que aquel tipo era una especie de Steve Urkel, venido de Chicago a Calasparra. Con la salvedad de la decolorada piel, igual de enclenque, torpe e inteligente. Para mí: una persona encantadora.
   Mi tía Laura seguía visitándonos en aquella época con cierta frecuencia, sobre todo durante los fines de semana, siempre y cuando sus estudios y el miedo a conducir no se lo impidieran. También convivía en nuestro hogar largas temporadas en el verano. Recuerdo aquellos últimos domingos de agosto, nuestros adioses se convertían en una tragedia para mí. Ante la resignación de mi padre, que me miraba desde casa queriendo que comprendiera que no todo es posible en este mundo, corría llorando detrás del automóvil de mi tía hasta que yo alcanzaba exhausta el camino de asfalto. Ella mantenía el saludo sacando la mano desde la ventanilla mientras yo observaba jadeando cómo el coche y la música de Bon Jovi, que tanto le gustaba, se disipaban junto al atardecer.
   Desde la llegada de Dani a mi vida las separaciones con mi tía fueron cada vez menos dramáticas. Un irrefrenable enamoramiento sentía hacia mi profesor, imposible de que fuera recíproco, entre otras cosas por aquello de los diez años de diferencia entre nosotros, todo un abismo cuando el de mayor edad apenas si es eso: «mayor de edad». Lo que sí percibí en él fue un encaprichamiento hacia mi tía que no se molestaba en disimular, claro, era su «Laura Winslow». Pretendía enseñarle a tocar el piano gratis, sus visitas se alargaban cuando ella estaba en casa. En verano nos visitaba incluso los días en los que no debía impartirme clase. Pronto supo mi tía de sus intenciones, sabedora del poder que aquello le otorgaba seguía utilizando a Dani, no sé si por resarcirse de algún amor del pasado, para elevar su autoestima u otra finalidad más oscura.
   Sonaba muy suave la música de Wagner en una de las últimas noches del verano, con espectacular cielo estrellado. La brisa era tan leve que ni siquiera se escuchaba el habitual murmullo nocturno de los árboles. Mi padre y mi tía conversaban sentados en el jardín, estarían tomando lo de siempre: él un whisky, y ella un vaso de leche caliente con café que removía durante minutos. Yo llevaba horas acostada, la ventana abierta de mi dormitorio que asomaba a ese lado del jardín y el insomnio que me producía el sofocante calor, que puso en huelga a los grillos, posibilitaron que fuera audible su diálogo.
   —Laura, no es bueno que juegues con los sentimientos de Dani.
   —¿Acaso te molesta que alguien esté interesado en mí?
   —No me molestaría si no fuese porque al chaval le tengo aprecio, ¿sabes lo que me ha costado encontrar un profesor de piano aquí, en el pueblo? Además, a tus padres no creo que les guste mucho que estés en Calasparra flirteando con un canijo más joven que tú.
   —¿Y no será que ese fastidio que tú tienes responde a otra cosa? —preguntó ella.
   —No sé muy bien qué has querido insinuar, pero me gustaría recordarte que eres la tía de Violeta, te llevo trece o catorce años y, para colmo, eres la hermana de la persona con quien me casé.
   Observé ante la oscuridad de mi habitación, que no me delataba, cómo mi tía se levantó enojada, en dirección a casa.
   —Que sepas que si vine para acá desde Cartagena fue para evitarte —confesó mi padre con la mirada puesta en el césped.
   Ella paró su marcha, lo miró un segundo y prosiguió su camino hasta mi dormitorio. De haber sido invierno habría dado un portazo al adentrarse en él, hubiera sido una excelente excusa para justificar que me había despertado, pero no lo hizo, las puertas y las ventanas debían permanecer abiertas para dejar pasar todo el aire posible, por insignificante que fuese. Recurrí a mis grandes dotes de interpretación para hacerme la dormida. Laura siempre me besaba en la frente cuando accedía al dormitorio antes de irse a su cama, no lo hizo en esta ocasión.
   En el final de aquel verano no me despedí de mi tía llorando como en los anteriores, el viento y las nubes anunciaban tormenta aquella tarde de domingo, el camino de gravilla, que otrora corría persiguiendo el vehículo de Laura, lo anduve hasta la mitad. Ya disponía de Dani para mí sola. Alcé la vista a la única vivienda que se encontraba entre la carretera y nuestra casa, unos vecinos que, a pesar de los escasos cien metros que nos separaban, eran unos desconocidos a los que solo distinguíamos tras sus ventanas en las noches o días oscuros, en los cuales encendían las luces del interior que en ocasiones titilaban como si el resplandor fuera producido por velas. Aquella tarde descubrí la silueta de una mujer oronda que me observaba, como si no supiera que su figura se recortase tras la ventana, procedí con lo que solía hacer mi padre cada vez que pasábamos por la puerta de su destartalada residencia: saludar con la mano. Tras el gesto, la sombra se apartó con brusquedad, agitando la cortina, para volver segundos después.



viernes, 17 de abril de 2020

Volumen 3 de «Mi hija y la ópera»



2

   Todos los bienes de mi abuelo, el negocio, unos locales arrendados a otros comercios y dos viviendas —la del pueblo y la de la ciudad—, cayeron en manos de mi padre. Debía reunirse con el asesor de la empresa, y con un tal Paco, quién había acabado como mano derecha de mi abuelo tras la marcha de su hijo a Calasparra. Por ello tuvimos que permanecer unas jornadas en Cartagena, lo cual fue un alivio para mí tras los primeros días de clase.
   —¿Quieres que nos quedemos a vivir aquí? —preguntó mi padre refiriéndose a la ciudad que le vio crecer.
   Asentí.
   —Tendrías que cambiar de colegio.
   —¿Podré ir con la tita?
   —Laura te podrá visitar más veces si estamos en Cartagena, pero no será en la misma casa donde vivíamos.
   —¿Por qué?
   —Porque la vendimos para comprar la de Calasparra. Ahora nos compraremos una mejor, pero durante un tiempo tendremos que quedarnos en la del abuelo Pepe, donde yo vivía cuando tenía tu edad.
   —Yo quiero ir a la casa de la piscina, diles a quienes estén ahí que se vayan.
   —No se puede, Violeta. No se puede.
   —¿Estaría Lily?
   —¿Cómo es que la recuerdas todavía? —preguntó sorprendido, y sin esperar mi respuesta agregó—. Si ella quiere, sí.
   Mi padre confiaba no estar más de una semana en la ciudad de la que soy oriunda para tomar las riendas de la empresa y conocer todos los entresijos patrimoniales. Me dejó en casa de mis abuelos maternos y me visitaba a la hora de comer. Por las noches, sin embargo, prefería pernoctar solo en el deshabitado hogar en el que vivió su infancia. Una de las pertenencias recién heredadas.
   Al tercer o cuarto día, sobre una mesa de camilla, en un pequeño salón sin uso de la casa de mis abuelos, vi una foto; eran una mujer y una niña, rubias y resplandecientes. Deduje que serían las añoradas personas que desaparecieron siendo yo bebé y cuyos rostros desconocía. Dada mi baja estatura intenté sujetar con los dedos el marco para aproximarlo hacia mí y poder observarlo con detenimiento, con tal mala suerte, o torpeza, que terminó cayendo al suelo desmontándose la moldura que encerraba el cristal. Mi tía Laura estaba en la universidad, y mi abuelo había acudido muy temprano a sus partidas diarias de dominó con otros pensionistas. Mi abuela abandonó los fogones donde cocinaba el guiso que tocara aquel día y salió en mi búsqueda.
   —¿Qué has roto?, ¡inútil!
   —¡Nada! —exclamé aterrada al ver su cara.
   —¡Madre mía!, ¡has roto la foto!, ¡has roto la foto!
   —Ha sido sin querer —dije comenzando a llorar en un fútil intento de clemencia.
   —Mira, hija del demonio —gruñó mientras sujetaba el marco desmontado—, ¿ves a esta niña?, pues es tu hermana Susana, ¡destrozona!
   Coloqué mis brazos frente a la cara para protegerme, como en otras muchas ocasiones en las que ella me amedrantaba finalizando con una bofetada que regalaba sin claro motivo, me agarró de la muñeca y, casi colgando, me arrastró hacia una habitación que contaba con la particularidad de tener un pestillo por el lado exterior de la puerta. Entró conmigo y una vez dentro me empujó saliendo deprisa, dejándome paralizada por el desconcierto, después cerró la puerta y echó el pasador que resonó con ímpetu. El cuarto estaba a oscuras salvo unos pequeños rayos de luz que provenían de una persiana bajada casi del todo. Presa del pánico sollocé.
   —¡Ahí te vas quedar hasta que dejes de llorar! —y luego añadió—: Niñata…
   Me encontré con un golpe de suerte cuando mi padre, más temprano de lo habitual, llamó al timbre de la casa. Ella, antes de abrirle la puerta, movió el pestillo dejando la posibilidad de que yo misma pudiera liberarme.
   —¿Es mi hija quién grita?
   —Sí, estará por ahí, será por alguna tontuna. Los niños, Andrés, lloran por cualquier cosa, te lo digo yo que sé mucho de esto.
   —Mire, doña María, un niño que llora, por estúpido que sea el motivo, es un niño que sufre, y aunque usted siempre dice que los niños tienen que aprender con palos, no será con mi hija, y menos si estoy presente, ¿qué quiere, que me quede impasible viendo cómo Violeta llora desconsolada por un castigo que no comprende?
   —No me tires de la lengua, que bien sabe Dios que cuando os vengáis pa’cá y la cría tenga que quedarse en esta casa, la educaré como hice con mis hijas. Voy a llevarla más derecha que a una vela.
   Estuve a tientas mientras escuchaba su conversación, palpando distintos objetos, que ahora creo que serían viejas mecedoras y otros enseres rotos cuyo uso final sería el de ocupar espacio más que el de otra utilidad, acerté con el picaporte y conseguí salir de la tenebrosa habitación, o como llamaba mi abuela: «El lugar de las niñas que no están bautizadas». Aquel tiempo me pareció una eternidad, y aunque el llanto paró en cuanto escuché la voz grave de mi padre, dos surcos de lágri­mas y un inevitable jadeo delataron mi sufrimiento.
   —Hija, ¿qué ha pasado?
   Negué con la cabeza. Un suspiro se escapó cuando mi padre me abrazó. Después me tomó en sus brazos.
   —Hoy he hecho lentejas, mi Emilio tiene que estar al llegar —dijo mi abuela haciendo caso omiso a la expresión de mi rostro.
   —No, no me voy a quedar. Prepáreme la ropa de Violeta que nos vamos ahora mismo —ordenó con mirada idéntica a la del día que me llevó al colegio por segunda vez.
   Sé que él podría haber sido más contundente con mi abuela si le hubiera confesado lo ocurrido esa mañana, pero por miedo a futuras amenazas, o un lejano cariño de cuando me daba golosinas, callé. Después de echar con displicencia mi ropa en un bolso se dirigió a recoger el marco y regresó con él en la mano.
   —¡Mira, Andrés!, mira lo que ha hecho tu hija con la foto de tu mujer y tu Susana, que en paz descansen, la ha tirao al suelo y la ha roto.
   —Ha roto el marco, la foto está intacta, no es para tanto. Tenga, mil pesetas, que seguro que tiene para unos cuantos marcos como este que le ha roto su nieta y pueda poner la foto de nuevo. —Sacó de la cartera un billete de color verde que dejó sobre una de las mesas del comedor.
   —¿Y pa’qué quiero yo el dinero?
   —Prefiero darle el dinero a que vuelva a castigar a mi hija.
   Angelico, si Violeta no sabía lo que hacía —dijo mi abuela sonriéndome con ojos desbordados de cinismo—, si es porque a los muertos hay que dejarlos descansar, y al ver las caras de mi hija y de la Susanica, tan hermosas, en el suelo…
   —Nos vamos, doña María, ¡Violeta, dile adiós a la abuela!
   No abrí la boca, levanté la mano con desgana, mi padre me sacaba de la casa tomada en brazos, apoyé mi cabeza en su hombro y vi cómo, a sus espaldas, mi abuela me contemplaba con el rostro lleno de ira situando su dedo índice frente a sus labios realizando el internacional gesto de silencio. De camino a Calasparra mi padre me propuso un reto.
   —Solo tienes que contestarme con la cabeza, así que no se podrá decir que te has chivado ni nada parecido, ¿vale?
   —Vale —contesté.
   —No, ya lo has hecho mal, tienes que responderme sin decir nada con la voz, solo con la cabeza.
   Afirmé sin decir nada, dándole a entender que comprendía el juego. Él me observaba desde el retrovisor.
   —¿Te ha pegado hoy la abuela?
   Negué.
   —¿Te ha metido miedo?
   Afirmé.
   —¿Se porta mal contigo?
   Aseveré, de nuevo.
   —¿Y qué te ha dicho?
   Me paralicé no sabiendo bien qué muecas debía emplear para informarle.
   —Puedes hablarme, Violeta, ya se ha acabado el juego, ¿qué te ha dicho la abuela?
   —Dice de mí que soy una demonia, que no estoy bautizada, me ha encerrado en una habitación por tirar sin querer una foto y también ha dicho señalando la cara de la niña, que ella era guapa.
   —Eso no es un insulto —musitó sosteniendo la vista desde el espejo.
   —Después no ha dicho que yo lo fuera.
   —¿Entonces has visto a la mamá y a la hermana?, ¿qué te han parecido?
   —Que son rubias. —La verdad es que no retuve nada más, salvo que mi madre sostenía en brazos a Susana, pero los rostros se difuminaron de mi memoria, puede que por el susto.
   Mi padre condujo con semblante serio y meditabundo durante el resto del trayecto que por fin nos traía a casa. Volvimos a la rutina: a las óperas, a las clases de piano y al colegio, que, tras los dos primeros días, me aterraba. Tan solo un cambio, el teléfono sonaba a cada momento. Mi padre hablaba todos los días por él, y cada viernes nos visitaba Paco que, de repente, se había convertido en la persona en la cual mi padre había delegado la gerencia. Venía a comunicar las novedades y otros muchos pormenores del negocio que tenían a bien hablar directamente. Aprovechaba la estancia para que mi padre le firmara talones y otros documentos, y le pedía autorización o consejo para cualquier asunto que conllevara un gasto. Se quedaba a comer con nosotros en aquellas citas que con el tiempo denominaron como «el informe semanal». Supe con los meses que Paco y su mujer fueron elegidos en su día a que fuesen mis padrinos en un bautizo que no llegó a celebrarse. Mi padre alegó que yo debía tomar dicha decisión con libertad y, que yo sepa, no ha ejercido ninguna influencia al respecto. Jamás he pisado una iglesia desde que tengo uso de razón.
   Mi tía Laura vivió con nosotros durante los meses de julio y agosto de 1987, tras casi un año con el único contacto que el telefónico. La admiración y, sobre todo, la adoración que sentía hacia ella debía ser lo más parecido a la que se tiene por una madre. Ella dormía en la misma habitación que yo y, a pesar de disponer de dos camas, casi siempre se acostaba conmigo, como cuando nos visitaba en Cartagena. Aquello propició que mi padre descansara de mis frecuentes intromisiones a su dormitorio las noches en que las paredes crujían por el frío o cuando era embestida por alguna pesadilla.

   Un sábado de diciembre, el ruido de un coche levantado los guijarros blancos del camino que accede a nuestra casa, nos advertía de que alguien se acercaba a vernos. Observé al asomarme a la ventana y descorrer la cortina que aquella ventosa tarde de invierno traía a mis abuelos y a Laura que habían venido sin avisar. Mi tía se apeó del automóvil para abrir la verja, que mi padre solía dejar entornada, y que mi abuelo, que iba a los mandos del vehículo, lo introdujese en el jardín. El coche era de la misma marca y modelo que el de mi padre. Por lo visto, al heredarlo de mi abuelo Pepe, se encontró con dos automóviles idénticos y, sin ninguna necesidad de malvenderlo, se lo regaló a mi abuelo Emilio.
   —Andrés, ya que aquí no se celebra la Navidad, y dando por sentado de que no vas a querer ir a nuestra casa, podrías dejar que Violeta se viniera con nosotros    —solicitó mi abuelo mientras dejaba el abrigo en el perchero y se disponía a encenderse un puro, dirigiéndose después en búsqueda de una copa para echarse co­ñac.
   —No, no se va a ir —contestó mi padre—, Violeta, ¿tú quieres irte a Cartagena en las vacaciones navideñas?
   Me encogí de hombros en vez de negarme por no herir los sentimientos de mi tía y, en parte, de mi abuelo.
   —Pero si es que le tienes el seso comío con tanta tontería sobre la religión y to’lo que tenga que ver con Dios, ¿por qué no fuisteis al cementerio el Día de Tos’los  Santos? —arremetió mi abuela—, a ver, niña, ¿es que no quieres bautizarte?, ¿quieres ser una atea como tu padre?
   Volví a mostrarme indiferente y muda, no por miedo a dar una respuesta que a mi abuela no satisficiera, sino porque me sentía abrumada por tanta pregunta y, en concreto, porque desconocía qué cambio iba a producir en mí ese bautismo que tanto mentaba.
   —Mira —expuso mi abuelo—, nosotros vendríamos aquí para la Nochebuena si es que tuviésemos un sitio donde dormir luego, pero como tienes un dormitorio cerrado con llave para enredos… ¿No sería mejor que los trastos los dejaras en el patio y que esa habitación pudiera servir para las visitas?
   —Si está cerrada es para que la niña no se haga daño con los utensilios, hay tijeras de podar, serruchos, martillos…
   —Pero vamos a ver —interrumpió mi abuelo—, que tu hija toca el piano, no es subnormal, no le va a pasar nada si dejas las herramientas guardadas en otro sitio. Aunque, bueno, esta es tu casa, no quiero yo…
   —Don Emilio, sabe que le respeto y su opinión me importa, pero por ahora, la habitación seguirá como está, cerrada. Respecto a esta Navidad mi pequeña estará conmigo.
   —Si para ti las Navidades no dejan de ser unos días cualquiera —replicó mi abuelo—, no celebras nada, seguirás oyendo ópera como siempre, y me gustaría que tu hija viviese lo especial de estas fechas, el discurso del rey en Nochebuena…, ver a los Martes y Trece en Nochevieja…
   —Como si mi hija entendiese algo de todo lo que usted ha mencionado. No tiene edad para reírse ni de Martes y Trece ni del rey. Además, si no celebro nada es porque en la Nochevieja de 1955 murió mi hermano; de acuerdo que apenas le conocí, pero el día de Navidad de 1978 nació Susana, nuestra Susana. No puedo celebrar nada en unas fechas coincidiendo con este recuerdo tan triste para mí. No es por aversión a una festividad religiosa, como pensáis.
   —¿Y tu hija qué tiene que ver con todo esto? —intervino mi tía—, ella no tiene por qué vivir en un estado de depresión permanente por el simple hecho de que su padre esté traumatizado.
   —Laurita, no te ofendas, pero no te inmiscuyas en este asunto.
   —Por ahí no vayas, Andrés. Para empezar, tengo veinte años, por lo que deja de tratarme como a una niña. Yo soy lo más parecido a una madre que ella conoce, porque tu hija, si fuera por ti, no sabría de otra cosa que de música clási­ca, de cuáles son los mejores senderos para llegar al otro lado del monte y de cómo hay que cortar la leña, poco más.
   —No he querido ofenderte, Laura, me he molestado porque dices que estoy depresivo, y yo opino que la depresión es la ausencia de motivaciones, yo ya las tengo: mi hija y la ópera. No intentéis quitarme por unos días a mi pequeña, que Violeta podrá estar sin mí, pero yo no puedo estar sin ella.
   La conversación fue diluyéndose a otros asuntos que ya no recuerdo, y ni falta que hacía. Quedé fascinada por aquellas palabras de mi padre, una persona desaliñada, de aspecto rudo, de tez casi negra por tanto sol y una espesa barba que le hacía parecer un náufrago, que vestía, incluso en invierno, camisas de manga corta, algunas veces, desabotonadas —seguro que por las calorías que le aportarían sus enormes vasos de whisky—, pero había dicho que me necesitaba. Si alguna vez hizo algún gesto de queja o menosprecio hacia mí, si en alguna ocasión me gritó o me zarandeó, se me olvidó para siempre aquella fría tarde.
   —Violeta, ¿me has dicho que encendiera la chimenea?
   Sacudí la cabeza afirmando. Mi padre solo la prendía si yo se lo solicitaba, de hecho, a él no le gustaba observar el fuego, le daba la espalda cuando comenzaba a llamear.
   —¿Se quedarán a cenar, no? —propuso mi padre dirigiéndose a los adultos que nos acompañaban.
   Todos dijimos que sí. Estaba tan acostumbrada a contestar cada pregunta que escuchaba que me sentí estúpida afirmando que yo también me quedaría a cenar en mi propia casa, ante la afable sonrisa de mi tía, la inexcusable risa de mi abuelo y la execrable carcajada de mi abuela.





Andrés, I

   Podría empezar dándome a conocer, pero eso importa poco ahora, la historia que viene a continuación bien valdría como introducción del manus­crito titulado: La hija del leñador, escrito por Violeta Rosique, y que yo voy a intercalar dentro del mismo. Estas palabras no tienen otro objetivo que el de aclarar parte del pasado de su padre. Tal vez con ello, puedan comprenderse algunos de sus actos.
   La familia de Andrés se instaló en Cartagena a finales de los años cincuenta del pasado siglo XX, eran agricultores de una pedanía del municipio murciano de Torre Pacheco. Pepe Rosique había convencido a su mujer para abandonar su pequeña localidad, no solo en búsqueda de prosperidad sino como remedio para superar el fallecimiento de su hijo Antonio, nacido dos años antes que Andrés, al que una gripe se lo llevó a la edad de cuatro. La salud del mayor de sus retoños nunca fue buena, quizás tuvo marcado en su destino una defunción prematura, es posible que las cosas sucediesen porque así tuvieron que ocurrir. Dolores Marín Vivancos, su madre, enmudeció desde entonces, desatendiéndose para siempre. Murió tres años más tarde sin enfermedad aparente en su nueva casa de la calle Trafal­gar, un soleado día de diciembre de 1958, a un mes para alcanzar los treinta años, dejando a un niño de cinco y a un marido vaciado por las circunstancias y el tra­bajo.
   El hogar donde residían no poseía grandes lujos pero era espacioso. Lejos quedaba aquella casa lóbrega de las afueras de Roldán que había sobrevivido a varias generacio­nes. Pepe se dedicó plenamente a sus verdulerías tras la muerte de su mujer. Esas ocupacio­nes propiciaron que acudieran al cuidado del pequeño una abuela y una tía de la fa­milia materna. Ambas, madre e hija, iban uniformadas con vestidos negros y procedían de Balsicas, población donde había nacido Dolores y en la que se le había dado sepultura. No comprendía aquel niño, que jamás tuvo recuerdo de su her­mano, cómo la mujer que le dio la vida desapareció dando paso a aquellas mujeres decrépitas —aunque su tía Caridad no hubiese cumplido los veinticinco—, a las que apenas conocía y cuyos senti­mientos hacia él parecían ser una carga más que de la propia satisfacción que supondría la atención de un familiar.

   Cierto día, jugando al fútbol en el recreo, propinó un puntapié a la pelota con tan mala fortuna que vino a dar en los testículos de un contrincante de su misma clase. El compañero quedó encorvado por el dolor, y antes de que el causante del balonazo se acercara a disculparse, se incorporó maldiciendo: «Eres un hijo de puta». El pequeño Andrés, al que a sus espaldas llamaban «el Huérfano», se lanzó contra el niño atizando patadas y puñetazos con furia hasta que varios estudiantes lo redujeron. A la salida del colegio, un tal Lorenzo Ramírez, hermano mayor del agredido, co­nocido con el apodo de «el Funerario», esperó las instrucciones del pequeño, escol­tado por media docena de chavales de su misma edad.
   —¡Este es Rosique! —acusó con el dedo el hermano menor.
   Nuestro protagonista no pudo hacer otra cosa que usar sus brazos como escudo, acuclillarse y esperar a que aquella tropa de adolescentes, dos cursos mayo­res que él, terminaran de pegarle ante un enorme corro de alumnos que observaron expectantes aquella paliza como postre a su aburrida jornada lectiva. Esperó despierto a que su padre llegara, cerca de las once. Lacrimoso, trató de contarle lo sucedido implorando venganza ante aquella humillación sufrida. Pepe, lejos de consolarle, le interrumpió aludiendo que «las cosas de niños se resuelven entre niños» concluyendo:
   —Hijo, la próxima vez te defiendes, no querrás que vaya a hablar con tus profesores con todo lo que tengo que hacer. Cuando hagas la mili no podré estar yo para defen­derte ni para hablar con tus superiores. La vida es dura, así que ve aprendiendo que yo a tu edad fumaba y me iba de putas.
   A sus diez años decidió que nunca más volvería a llorar delante de su padre.




jueves, 16 de abril de 2020

Volumen 2 de «Mi hija y la ópera»



ACTO I

La hija del leñador

1

   Como el pájaro que cada mañana se posa en mi ventana y me contempla con detenimiento siempre he querido volar, ser libre, que me admirasen en la distancia sin que nadie pudiera atraparme. Nunca lo había conseguido, hasta hace bien poco. He cumplido condena en esta casa desde que mi padre me trasladó en mi remota infancia, coreada con la ópera como triste banda sonora de mi vida. No sé si la reclusión a la que me he visto sometida durante años obedece a sus circunstancias, o a las mías.
   Calasparra, 19 de diciembre de 2004, mi nombre es Violeta Rosique Domín­guez, estas dos últimas semanas de mi vida han sido frenéticas, de la más delirante, a la peor de toda mi existencia. He recibido una noticia terrible hace unos días y, por ello, he tomado el diario que me regaló mi tía Laura cuando yo era una niña y que durante años me ha acompañado en las noches de soledad, basándome en él he creado este relato.
   Mi madre me trajo al mundo una mañana lluviosa de 1981, semanas antes de lo previsto. El calendario indicaba un jueves de febrero, a cuatro días del famoso intento de golpe de Estado español. Según me contaron, en el 23F, los tanques y otros vehículos militares abandonaban con ritmo poco ceremonioso el Cuartel de España 18, muy cercano a nuestra morada cartagenera, generando preocupación a los vecinos de la zona. A todos, menos a mis padres: yo me debatía entre la vida y la muerte dentro de una incubadora, y así estuve durante semanas.
   No poseía ninguna imagen mía anterior a los cuatro años, por lo que no pude construir ningún recuerdo hasta esa edad, tampoco tuve fotos de mi madre o de mi hermana para asociarlas a un rostro concreto. Solo las descripciones que de ellas hacía mi tía Laura contribuyeron a que lograse ponerles cara cuando aparecían en mis ensoñaciones. He crecido oyendo conversaciones imaginarias que mantenía mi progenitor con mi madre y mi hermana mayor. Solía hacerlo en los primeros años, siempre de noche. Ahora sé que estaría influido por la ingente cantidad de alcohol que mi padre con­sumía por aquel entonces, abocándolo a un trastornado mundo ficticio. Hacer memoria de cómo se respondía «quiero jugar con esta mu­ñe­ca», imitando la voz de una niña, me sobrecoge todavía hoy tanto como cuando le escuchaba cantar «Susanita tiene un ratón…» y sus palabras se terminaban quebrando.
   Mis primeras remembranzas son vagas e inconexas, por lo que he podido recopilar por conversaciones con mi padre y mi tía sé que vivía en Cartagena, en la urbanización El Rosalar, Tentegorra; en una vivienda de inmenso jardín y preciosa piscina. Recuerdo a Lily, mi niñera, una mujer llena de oscuridad, de cabello cano y gafas de gruesos cristales que ampliaban unos apáticos ojos azules. Proveniente de Francia, se casó con un militar cartagenero que pereció en unas maniobras en Chinchilla. Todos los cuidados y atenciones relacionadas con la comida y el aseo que recibí por aquella época no eran de otras personas que no fueran Lily o mi tía.
   No recuerdo que mi padre se ocupara de mí hasta que, a la edad de cinco años, nos mudamos aquí, a Calasparra. Él era alto, de gran corpulencia, con el abdomen prominente, aunque nunca lo hubiera definido como gordo. Una barba cubría su rostro, y mostraba una mirada ausente e inexpresiva, supongo que la propia de alguien que hubiera sufrido un suceso como el acaecido la mañana del 12 de septiembre de 1981, fecha que tengo más marcada que la de mi propio nacimiento. Aquel día, mi madre y mi hermana desaparecieron calcinadas en un accidente de tráfico. Sospecho que aquella circunstancia propició con los meses que mi padre huyese de tan regia mansión y de la ciudad, aislándose en el hogar en el que todavía vivo hoy, una casa de campo, camino del santuario: lóbrega, de pequeñas ventanas, solitaria y tranquila. Muy tranquila. Se decía que tenía en común con la casa de Cartagena, los cuatro kilómetros que distaban del bullicio urbano. Apartados de los estridentes cláxones de los automóviles y del murmullo de la gente del pueblo, se prefirió, tal vez, el canto de las cigarras y los grillos. Hoy sigue siendo para mí un enigma los motivos por los cuales mi padre eligió este lugar del que no tenía arraigo alguno, a cien kilómetros de nuestra familia y de su empresa. Lily intentó acompañarnos en nuestro particular retiro, pero se le negó argumentando que la distancia sería para ella un gran inconveniente. En Calasparra no tenía a nadie. «Tampoco en Cartagena», matizó mi niñera en una de las pocas frases que recuerdo de ella.
   Mis abuelos y mi tía, sin comprender la decisión de mi padre, accedieron a visitarnos en ocasiones, siempre durante el fin de semana. Mi abuelo Emilio era calvo, de facciones rubias y ojos claros. Decían que mi madre y mi hermana habían heredado sus ojos azules. De semblante serio que, según se contaba, no hacía justicia al carácter alegre de años atrás. Fue adoptando con el tiempo un estado melancólico y depresivo que acabó por prejubilarlo de Telefónica.
   —Andrés, ¿por qué te has venido tan lejos?, ¿es que no vas a seguir trabajando? —preguntaba mi abuelo en una de esas visitas de domingo—. Tienes que seguir adelante, pero este no es el camino.
   Mi padre asentía, pero no se dejaba persuadir.
   —Y la cría —añadía mi abuela—, contigo aquí, solicos, ¿acaso estás capacitao pa’cuidarla?
   De luto sempiterno, mi abuela rayaba el analfabetismo, aunque los que la cono­cían de tiempo creían que su intelecto se capuzó el mismo día que perdió a su primogénita y a la mayor de sus nietas, hecho del que culpaba a mi padre y en cierto modo a mí. Nunca fui de su agrado, y siendo yo muy niña ya realizaba insensibles comentarios comparándome con Susana: «¡Qué bonica era tu hermana!». Mi tía Laura se mantenía en silencio cuando discutían mis abuelos con mi padre, por su edad no se creería con la potestad para recriminarle nada a este. Exteriorizaba una gélida mirada, afligida por el sentimiento de culpa de no haber podido evitar que me separasen de ella, todavía en la tristeza, era la única persona de mi entorno que me sonreía con cierta frecuencia. Ella tendría unos diecinueve cuando me alejaron de sus besos, su cariño y comprensión. Estudiaba para ser profesora y podría describirla como de, cabello largo y rizado, y casi tan delgada como yo soy ahora. Unas finas gafas que utilizaba para leer le otorgaban un aspecto sereno y culto. Ya notaba por aquel entonces en el comportamiento de mi tía que las vicisitudes de la vida le habían hecho madurar de manera anticipada.
   Evoco aquellos días en casa como tediosos, no se escuchaba otra música que no fuera ópera, salvo en los fugaces instantes en los que mi padre tocaba el piano o me impartía clases de este mismo instrumento en las que él acababa siempre perdiendo la paciencia. Nunca he sabido hasta ahora, que el trato tan severo con el que fui educada los primeros años de mi vida, respondía al comportamiento que mostré desde el día que nací. Acudir al colegio suponía, a la sazón, una efímera liberación del particular arresto domiciliario al que me vi sometida hasta aquel momento. Lo inicié con cinco años, aunque gracias a mi tía, mis conocimientos superaban los de mis compañeros. Mi peculiar rostro, sumado a haber sido la última en incorporarme al curso, contribuyó a que la adaptación a la clase fuese nula. Por ventura, la señorita Bermejo me protegió de aquellas bestias a las que sus padres calificarían como angelicales. Comprendí en aquel primer día de colegio por qué mi padre no daba paseos conmigo por el pueblo, por qué era tan reticente a que nos visitasen personas ajenas a la familia y por qué insistía en que no saliera de casa argumentando que el sol podría dañar mi pálida piel. Creo que aquella soleada mañana él no se movió de la verja que daba acceso al centro escolar.
   —¿Qué tal lo has pasado?
   —Se han burlado de mí, papi —respondí entre sollozos.
   —¿Quiénes?
   —Mis compañeros de clase, me han llamado mofeta, pirata tonta y muchos insultos más.
   Me silenció abrazándome con ternura. Nunca lo había hecho así antes.
   —No quiero volver al colegio. Los niños son malos.
   —Hablaré con tu señorita, y no hagas caso de tus compañeros, son estúpidos, hacen lo que creen que deben de hacer para integrarse en el grupo y no salir de la manada. Si eres diferente te atacarán o se reirán de ti. Tú eres especial, seguro que nadie sabe tocar el piano como tú; estoy convencido de que ninguno de ellos ha escuchado una ópera en su vida, y a ti te encanta La Flauta Mágica, por ejemplo. Eres única, genuina, original… Que no se te olvide. Ellos, sin embargo, son borregos que hacen lo que ven del resto del rebaño.
   »Pero dame tu palabra, Violeta, de que no les dirás a esos niños lo que son, basta con que tú y yo lo sepamos. Si se lo dices, habrás comenzado a actuar como ellos, ¿prometido?
   —Sí, papi —asentí casi sin voz.
   Recuerdo que mi padre, cuando hablaba en serio, no se dirigía a mí como una niña, empleaba un lenguaje incomprensible para mi edad. No sé si fueron esas palabras las que pronunció, pero con el tiempo he sabido con exactitud todo lo que intentó decirme aquella mañana de septiembre de 1986. Tomándome en brazos se adentró en el Colegio Nuestra Señora de la Esperanza el segundo día de clase. No escatimaba en fulminar con la mirada a todo aquel niño que se atreviera a posar su vista en mí durante más de un segundo. Pretendía con aquella actitud amenazante, advertir de con quién deberían vérselas si alguien se aventurase a ultrajarme. Habló con el director y con doña María Bermejo, mi profesora. Enseguida confié en la señorita de cabello rubio y expresión ingenua. No parecía a priori ostentar de la autoridad suficiente para defenderme de mis compañeros, pero no disponía de más opciones para sobrevivir en «la jaula». Se comportaba dulce y atenta conmigo y se comprometió con mi padre a que ningún alumno continuaría vejándome en el colegio.

   Al tercer día no pude asistir al centro escolar: mi abuelo Pepe había fallecido. De él poseo un recuerdo vago de cuando residíamos en Cartagena, nunca se presentó en nuestra casa de Calasparra. Me consta que a menudo enviaba emisarios, supongo que empleados, con regalos, pero jamás se acercó a dármelos en persona. Mi memoria evoca un hombre de cabello cano y piel arrugada. Orgulloso, como todo aquel que atesora poder, pero no tenía a nadie, solo al Real Madrid que no se acordaría de él cuando muriese. El dineral que obtuvo con sus empresas no le sirvió para encontrar la felicidad. Acabé sabiendo con el tiempo, que un lamentable comentario por parte de mi abuelo hacia mi padre terminó por separarlos, cuando un mes y medio después del terrible suceso familiar recibieron dos vehículos que encargaron meses atrás: «El Mercedes no me lo tienes que pagar, te lo regalo con la condición de que comiences ya a trabajar, porque, aunque se te ha muerto una hija, te recuerdo que te queda otra». O algo así me contó mi padre.
   En el mes de julio, mi abuelo que apenas contaba sesenta años enfermó, se dijo que no soportó ver otro mundial de fútbol en solitario, sin la compañía de su hijo con el que compartía únicamente la afición por la selección española. Una vez escuché que el exceso de trabajo y las interminables noches de soledad con el vino como único camarada acabaron consumiéndolo. Por primera vez atisbé un surco de lágrimas en el rostro de mi progenitor mientras conducía el vehículo que había originado el último y definitivo conflicto con mi abuelo, en dirección a Cartagena. A mi corta edad sabía que aquella persona con la mirada puesta en la carretera se culpaba de lo sucedido. Lo enterraron en el cementerio de Balsicas, junto a la lápida de mi tío Antonio, que nació antes que mi padre y falleció con cuatro años; y al otro lado, la tumba de mi abuela que feneció poco después que su hijo, quién sabe si de pena.
   Aquella ventosa tarde de gota fría los paraguas no nos protegieron del diluvio que se precipitaba en todas direcciones. Entre los comparecientes unos pocos familiares y toda la plantilla de la empresa de mi abuelo cuyos comercios cerraron por defunción.








miércoles, 15 de abril de 2020

Volumen 1 de «Mi hija y la ópera»


OBERTURA

   Todavía no había cumplido los veintiocho, pero había envejecido tanto en los últimos días que bien podría haber pasado por una persona dos décadas ma­yor. Se adentró en su finca con actitud serena a pesar del aguacero que se precipitaba aquella tarde de septiembre, saludó con la cabeza a la niñera, asomada al otro lado de la ven­tana, ella le abrió la puerta antes de que llamase y le devolvió el saludo mirándolo de arriba abajo. Laura, que apenas alcanzaba los quince años, acunaba, sentada en el sofá, a un bebé de seis meses.
   —¿Dónde has estado todo este tiempo? —preguntó la adolescente—, nuestros padres están muy preocupados.
   —No lo sé, llevo días sin dormir —respondió con voz áspera.
   —¿Eso es sangre? —dijo examinando su ropa.
   —Es de unos animales que he tenido que matar. ¿Cómo está Violeta?
   —Tu hija está bien.
   —Yo no podré cuidarla.
   —Vale, pero si te vas de nuevo avísanos. Recuerda que todos estamos sufriendo con lo sucedido.
   Él subió a su dormitorio sin añadir palabra. No había transcurrido ni una hora cuando regresó al salón, vestido con unos pantalones cortos, una camisa sin abrochar y unas sandalias.
   —¿Dónde está Lily?
   —Se acaba de ir —respondió Laura—. Ha estado toda la semana tras la ven­tana esperando a que volvieses, en silencio, como siempre, me ha dicho que si quieres que siga al cuidado de la casa y de Violeta que la llames.
   —¿Y por qué no me lo ha preguntado antes?
   —Porque tienes la mirada de un loco. He llamado a mis padres, vendrán a por nosotras cuando pare de llover.
   —Voy a poner La Traviata. Era la ópera preferida de tu hermana.
   Laura asintió desde el sofá, mantenía el rictus serio y se le entreveía la extenuación de las últimas jornadas reflejada en las pupilas. Permanecía con su sobrina en brazos, entretanto observaba cómo insertaba el primer vinilo y elevaba el volumen del tocadiscos. Cuando comenzó a escucharse la Obertura él se dirigió a la cocina, la música ahogaba el murmullo de la lluvia aunque se podía apreciar el tintineo de unos cubitos de hielo. Regresó sosteniendo un vaso colmado de whisky, bailoteando al ritmo de los iniciales fragmentos del primer acto, posó el vaso sobre el piano, situado junto a una de las paredes del salón, y adoptando la postura de bra­zos en jarra elevó la vista al techo como si quisiera dirigirse a alguien, sonrió irónicamente, parecía desafiante, como si en verdad tuviera la certeza de que algún dios, demonio u otro ser estuviese divisándolo. No se equivocó: yo le contemplaba.
   Al poco, dio comienzo la melodía del fragmento Libiamo ne’ lieti calici, arrebató a la pequeña de los brazos de su cuñada y empezó a danzar con la criatura que se despertó aterrada; sin embargo, no rompió a llorar, lo cual le resultó extraño porque desde que nació se irritaba con facilidad.
   —¿Sabes, hija?, tu nombre es Violeta en honor a esta ópera de Verdi. Tu madre, si nos estuviera viendo, seguro que se alegraría de que bailase contigo, pero yo te voy a pre­guntar, pequeño demonio, ¿por qué no lloras ahora, eh? ¡¿Por qué no llo­ras ahora?!
   La danza se había convertido en un fuerte traqueteo hacia el bebé. El rostro de su padre se había transfigurado. Por suerte para la pequeña, su tía estuvo rápida y se la arrancó de las manos.
   —¿Qué haces, insensato?
   Laura protegió con sus brazos a la niña y subió al dormitorio que solía utilizar en las temporadas que pernoctaba en aquella casa. Él realizaba un majadero meneo con sus brazos simulando tocar un violín. Acto seguido, se acercó al piano, cogió el vaso y lo bebió de un trago; con los cubitos casi derretidos volvió a aña­dir con vehemencia el contenido de la botella. En ese momento tronó con fuerza y comenzó a diluviar en forma de granizo.
   —Ya no necesito hielo —se dijo.
   Agarró una de las mecedoras del porche y la arrastró hacia el césped dejándose apedrear por la granizada. Se mecía al sonido de la música acompañada por la estruendosa tormenta. El conte­nido del vaso se enturbió al instante pero siguió bebiendo con milagrosa tranquilidad a pesar de que el líquido ya no era whisky y los pedruscos de hielo le estaban produciendo heridas. Laura observaba pasmada aquel aconteci­miento tras la ventana de su dormitorio, la abrió un poco y le imploró cordura.
   —¿Qué quieres, que te caiga un rayo?, ¡entra en casa!, ¡hazlo por tu hija!
   Andrés giró la cabeza y le devolvió una son­risa inexpresiva. La tempestad duró diez minutos pero siguió meciéndose a pesar de las contusio­nes, solo se levantó para cambiar el vinilo cuando el pri­mero, de los tres de la obra, llegó a su fin.
   —Tienes sangre en la frente, por favor, no salgas de nuevo —dijo Laura, oteándolo desde la mitad de la escalera.
   Sustituyó el disco y aprovechó para rellenarse la copa que bebió casi de un trago an­tes de retornar al jardín; apreció que los pedruscos de hielo flotaban todavía en la piscina, se acercó y, sujetando el vaso con una de sus manos, se dejó caer de espal­das al agua haciendo el gesto de crucifixión. La sangre que desprendía su cabello dejó una gran mancha rojiza sobre la superficie de la piscina que se diluía con lentitud, mezclándose con hojas, ramas e insectos que flotaban sobre el líquido os­curo. Sería que visualizó su postura en forma de cruz sobresaliendo en el agua que volvió a adentrarse en casa con premura, dejando tras de sí un reguero desde la entrada hasta su dormitorio; agarró el crucifijo que presidía la pa­red sobre el cabecero de la cama, lo empuñó desde el lado inferior del tra­vesaño, como si fuera un hacha, descendió corriendo las escaleras arrimándose al piano y lo estrelló varias veces hasta romper la figura de madera, abollando la superfi­cie del instrumento y dejando restos de astillas en sus dedos.
   —¡Yo me arrodillé ante ti! —gritó dirigiéndose al trozo de crucifijo que continuaba entre sus dedos—. ¡Yo me arrodillé ante ti!
   Apartó las partículas de madera incrustadas en varias de sus falanges, teñidas de rojo. Su frente y extremidades superiores continuaban también ensangrentadas cuando se postró, junto al piano, y descendiendo la mirada a la cabeza despedazada de Jesucristo, exclamó: «¡¡Tu sufri­miento en la cruz no puede compararse con el mío!!».

   Y así repitió varias veces, hasta que el agotamiento derrotó a aquel ser abandonado por la suerte.